Al interior del África árabe, en Marruecos, se encuentra la plaza Yamaa el Fna, declarada por la UNESCO, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, donde lo mismo te sorprenden encantadores de serpientes que “dentistas” exhibiendo las muelas extraídas.

Entre el ruido de la muchedumbre, surgen malabaristas y acróbatas; unos pasos más y una adivina te propone conocer tu suerte seguida de un mono que obedece instrucciones de su amo y mujeres bereberes que ofrecen tatuajes de henna. Esto es Yamaa el Fna, corazón de Marrakech, que palpita desde la medina y transmite su energía hacia toda la Ciudad Roja, a través de las callejuelas que de ahí parten en todas direcciones.

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Es un museo viviente de la vida marroquí que por siglos ha sido lugar de encuentro al interior del noroeste africano; el Magreb donde el mundo árabe termina junto con el sol de cada tarde. Es la plaza que vive al abrigo de la Mezquita Kutubia, del siglo 12, que impone con su alminar de 69 metros y a sus pies se entremezclan los olores de mercados y los cafés de intenso aroma, bajo el calor que poco importa a músicos, brujos y cuentacuentos que salen al paso de hombres y mujeres que portan la burka.

Cambio de piel

Al caer la tarde, Yamaa el Fna cambia de piel y se transforma en un gran comedor repleto de lugareños y turistas. Entre la humareda de los puestos y las animadas conversaciones de los parroquianos puedes probar kebabs, caracoles, berenjenas o calamares, entre otras especialidades de la región, para rematar con un perfumado dulce árabe de los que se venden a granel.

A altas horas de la noche, la plaza parece por fin descansar al abrigo de las estrellas en el cielo norafricano; es solo una breve tregua para el bullicio del día siguiente, tal como ha sucedido y sucederá mientras la Tierra gire.