Debajo del suelo calcáreo de la península de Yucatán se extiende un sistema de cavernas y cenotes, único en el mundo. Entre estos está Aktun Chen, una gruta que cuenta la edad de la tierra y la historia de los antiguos mayas.

Es de esos lugares pocos conocidos de la Riviera Maya  que guardan un secreto por descubrir entre la selva virgen; en maya se conoce como Aktun Chen, “cueva con cenote en su interior”, aunque explícito, el nombre no nos prepara para el asombro de conocer una gruta de más de 5 millones de años, que forma parte del sistema principal de cavernas de Quintana Roo.

Desde Cancún se  toma la carretera hacia Tulum y a 107 kilómetros, entre Akumal y Xel-Ha, casi escondido entre la espesa vegetación se advierte la señalización a Aktun Chen, donde aguarda un mundo subterráneo por conocer de la mano de un guía.

En Aktun Chen se han encontrado tres cuevas con cenotes en su interior, pero únicamente la más grande ha sido adaptada con escalones y luces indirectas; aun así,  la vista tarda en acostumbrarse a la oscuridad y hay que andar con cuidado; el olor a humedad es penetrante, también habrá que habituarse a ello. Con pasos vacilantes de los que empezamos el recorrido, la gruta mide 600 metros de largo y habrá que tomar con calma el vuelo de algún murciélago que de vez en cuando pasa muy cerca de nosotros

Las enormes estalactitas y estalagmitas asaltan al paso, sus extrañas y bellas formas se han hecho a lo largo de millones de años y siguen su proceso con el continuo gotear del agua que escurre a través de las paredes de la cueva; también podemos observar conchas y peces fosilizados embebidos en las rocas calizas, porque, según nos explica el guía, Aktun Chen alguna vez estuvo bajo el mar.  Me detengo y no puedo sustraerme de tocar –con mucho cuidado—  algunas de estas formaciones rocosas mientras escucho en un eco la voz ya conocida del guía.

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A lo largo del recorrido, en ocasiones nos llegan ráfagas de aire fresco y rayos de luz que provienen de alguna abertura, es un respiro al olor a humedad que penetra en las fosas nasales; estamos por llegar al final del camino y al fin llegamos al cenote, no podemos contener la exclamación de sorpresa que hacemos de todos; el agua es tan transparente que se alcanza a vislumbrar el fondo,  gracias en parte a la luz que han colocado a propósito;  también se refleja como un espejo la bóveda de figuras imposibles, ¿cuántos secretos tendrán guardados? – me pregunto mientras las observo con atención.

Este cenote es especial, -dice el guía- es de los únicos de la Rivera Maya donde está prohibido nadar;  debido a su lenta circulación,  cualquier movimiento alteraría la gruesa capa de sedimento de carbonato de calcio que tiene y enturbiaría el agua y, por tanto, su belleza. Cuesta trabajo dejarlo de ver, pero el tour termina.

De vuelta a la realidad, la expedición de casi dos horas concluye y nos vemos de nuevo entre la espesa vegetación, en el tramo de terracería para llegar hacia la moderna carretera, de regreso a Cancún. Tras nosotros dejamos los misterios y belleza que guarda la gruta, que seguramente habrán de perdurar por siglos.