UN REFUGIO EN PLAYAS DE COSTA RICA

Todavía existen rincones del mundo como Playa Punta Uva, en el Caribe costarricense, que por su difícil acceso y protección legal aseguran su belleza y encanto para la eternidad. Yo me dirijo a este paraíso centroamericano con una misión: ¡descansar!

Apenas aterrizo en San José, me dirijo a Punta Uva, la playa que promete devolverme energías y despreocuparme de la rutina, a 230 kilómetros de la capital. Manejo hacia la costa, en dirección este,  para admirar el paisaje hasta la ciudad costera de Limón frente al mar Caribe; de ahí el camino sigue hacia Manzanillo para finalmente continuar hasta el Refugio Gandoca-Manzanillo donde Punta Uva me espera cual tierra prometida.

Llego y camino bajo la vegetación tropical y el entramado de palmeras que me dan sombra hasta que el espeso verdor se retrae y aparece la arena blanca descubierta y frente a mí, el impresionante mar verde cristalino. Es un refugio protegido por decreto; aquí no hay torres de hoteles ni multitudes de turistas, solo está la naturaleza y algunos afortunados visitantes, entre ellos una pareja que goza del mar cerca de un par de barcas que se mecen con el oleaje de la mañana.

Al  atardecer me dirijo a unos bungalows en medio de la jungla, construidos en madera, y justo al lado del río que fluye desde el Caribe.

Despertar ahí fue un escape de la realidad: me asomo por la ventana, escucho la fauna entre el espesor verde y húmedo. Por la mañana leo en la hamaca, rento una bicicleta para ir al pueblo de Punta Uva por unos cocos y luego, claro, es tiempo de vivir la playa.

En las calles de la pequeña villa rural se aprecian casitas de colores vivos donde algunas hacen las veces de hotel y restaurante. Una mujer me abre sonriente las puertas de su local y me ofrece bebidas, arroz y vegetales; luego, camino alrededor como quien disfruta los pasos sin buscar nada en específico. Punta Uva cohabita en la jungla con otros poblados de similar encanto; todos ellos tranquilos y rodeados de la paz que solo la naturaleza puede aportar.

Hay un transporte turístico que ofrece traslado a otras playas cercanas como Punta Cocles o Puerto Viejo, pero a mí, de Punta Uva no me sacan porque cada día tiene su encanto particular. En esa playa y explorando al azar los alrededores, me he encontrado con una vida muy distinta; un día a día casi aldeano, verde y, por supuesto, que despeja mis sentidos.

Tiendo un tapete de colores sobre la arena, me recuesto a la sombra de una palmera y me quedo dormida. Al despertar no sé si pasaron minutos, horas, o si ya estoy en la mañana siguiente. Esto es Punta Uva.

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