Como salida de un cuento de hadas, la Catedral de San Basilio, en Moscú, es el emblema de Rusia, con un pasado que contar.

Si caminas por la Plaza Roja de Moscú —la enorme plancha de cemento que ha sido testigo de glorias y penas de la nación rusa—, no escapa a tu vista la catedral ortodoxa de San Basilio, ya que ningún edificio de ahí se le parece; es más, nada de lo que jamás hayas visto antes se acerca a su arquitectura. No por nada sus cúpulas bulbosas son de lo primero que viene a la mente cuando se piensa en Rusia.

Una cosa es verla en fotografía y otra es tenerla de frente, con el sol revelando su compleja y colorida estructura. A muchos les parece sacado de un cuento de hadas, algo superrealista; lo cierto es que a todos asombra, incluyendo a quien la mandó a hacer, el zar Iván IV (el Terrible), que haciendo honor a su apodo se dice que mandó cegar a los autores para que no fueran a edificar algo más hermoso, aunque muchos estudiosos niegan esta versión. Cierto o no, hasta la fecha nada en el mundo se le asemeja.

Las coloridas torres son eternas llamas que glorifican el triunfo del zar en 1552, sobre la ciudad de Kazán, a 800 kilómetros de Moscú. Y ahí sigue en pie, a más de cuatro siglos de distancia, pese a las guerras y los intentos por destruir el edificio más emblemático del pueblo ruso. Napoleón Bonaparte, por ejemplo, intentó dinamitarla al retirar sus tropas de Moscú, pero una milagrosa lluvia se lo impidió. Años más tarde, Stalin tenía planes de demolerla para facilitar los desfiles militares en la Plaza Roja, pero  finalmente dio marcha atrás, luego que el arquitecto encargado de demolerla se negara a hacerlo (costándole cinco años de encarcelamiento).

Irónicamente, la catedral lleva el nombre de Basilio Blazhenny, abierto opositor de las injusticias de Iván el Terrible y hombre respetado por su vida ejemplar de sacrificio y pobreza. Al fallecer se le canonizó, honrándolo con la construcción de una de las actuales capillas, donde descansan sus restos.

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San Basilio es un enjambre de ocho capillas en torno a un núcleo central. En su interior, se han encontrado inscripciones conmemorativas, que quedaron ocultas bajo capas de pintura y una escalera secreta de madera que no fue descubierta hasta 1970.

Originalmente fue blanca y de cúpulas doradas, pero con el paso de los años fue sufriendo modificaciones hasta que en 1860 adoptó los colores con los que hoy la conocemos.

Declarada por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, San Basilio es filial del Museo de Historia, desde los tiempos del gobierno soviético y no es la catedral principal de la ciudad sino la de Cristo Redentor, que a su vez es la sede del Patriarca Ortodoxo de Moscú y que se encuentra en la misma zona.

Con la Rusia moderna aparecerán nuevas y majestuosas construcciones, pero la Catedral de San Basilio seguramente seguirá siendo el emblema nacional, como lo ha sido por siglos.

Interior of St Basils Cathedral in Moscow