La ciudad de Quebec tiene un aire de otra era, de gran interés histórico y hermosas vistas, que le han valido ser declarada Patrimonio de la Humanidad, por la Unesco.

AUNQUE LA MODERNIDAD es parte de la ciudad de Quebec, quien camina por su centro histórico puede remontarse a sus más de 400 años de existencia a orillas del río San Lorenzo. Son dos partes divididas naturalmente por una pendiente inclinada: la Haute Ville (ciudad alta) y la Basse Ville (ciudad baja), todo un museo al aire libre, conectado por un elevador y un conjunto de escaleras.

Quebec es la única ciudad amurallada de Canadá (de hecho, la única desde la frontera de México con Estados Unidos hasta el Polo Norte) y ello obedece a su pasado de constantes batallas entre franceses y británicos y posteriormente el temor a una invasión de los estadounidenses revolucionarios que deseaban anexar el territorio y “liberarlo” de la monarquía británica -lo cual, como sabemos, no sucedió.

La Ciudadela se encuentra sobre el Cabo Diamante, un promontorio que en el siglo 16 se pensó que tenía diamantes pero que finalmente resultó ser cuarzo. Esta parte es la que hoy se denomina el Haute Ville.

La fortificación aún es resguardada por el batallón real de Canadá y cada mañana durante el verano existe una ceremonia de cambio de guardia, que por supuesto ningún turista se pierde.
Quebec fue fundada para la compra-venta de pieles; los comerciantes eventualmente decidieron irse asentando en la zona, lo que derivó en hermosos barrios y avenidas como Saint-Denis y Sainte-Genevieve; a ello debemos agregar los edificios administrativos del gobierno de la provincia, que siguen operando desde ahí.

La parte alta también tiene “el hotel más fotografiado del mundo”, el histórico Chateau Frontenac, construido en 1892, bajo la inspiración de castillos franceses. Cuenta con 611 habitaciones y tiene preciosas vistas desde lo alto de la colina hacia el río San Lorenzo. Por cierto que fue aquí donde Alfred Hitchcock filmó Yo confieso (1953).

Frente al hotel se encuentra la Terrasse Dufferin, un paseo favorito de los quebequenses con hermosa vista al río, el propio hotel Frontenac y los edificios históricos adaptados como bares, tiendas y cafés en las calles aledañas. En verano es un lugar lleno de vida con artistas callejeros y familias disfrutando del paseo.

También desde lo alto está el parque de llanuras Abraham, justo donde se libró la sangrienta batalla entre franceses e ingleses, que definiría el curso de la historia. Quién diría que hoy día es un remanso de paz, pleno de áreas verdes para caminar, ir en bicicleta o disfrutar de un picnic.
De la zona alta tú decides si quieres tomar escaleras a la parte baja del casco viejo o tomar el funicular, con más de 130 años de operación.

El Basse-Ville, a orillas del río, fue creciendo como un puerto importante que recibía mercancía de Francia y el punto de comercio para el mercado de las pieles. Con el tiempo, este espacio fue perdiendo lustre hasta que hace 50 años el gobierno de Quebec realizó una inversión millonaria para recuperar su esplendor. Actualmente es una área para disfrutar a tu propio ritmo, con galerías, boutiques, restaurantes y bares.

Para muchos, la esencia de Quebec se encuentra aquí, con sus calles estrechas y la transformación del lugar que vio llegar a comerciantes y misioneros del Viejo Mundo, por primera vez.

Más allá del centro, un gran atractivo de la región es el avistamiento de ballenas, justo en la confluencia de los ríos Lorenzo y Saguenay. También cerca del centro está el Parque de las Cataratas de Motmorency, cuya caída de 83 metros es más alta que las del Niágara. Ahí mismo en verano se celebra la competencia internacional de fuegos artificiales. Y en invierno no hay que perderse el carnaval, celebrado desde 1894.

Por si algo le faltaba a Quebec, debo recordarte que se habla francés, algo que para mi gusto le pone la cereza al pastel.