Corazón de Europa, ciudad dorada de cien agujas y mil años; sinfonía en piedra, y mágica capital de la República Checa, Praga sorprende con su belleza, su historia y su romance.

Praga

El sol cae tras el Castillo de Praga, hogar de reyes y presidentes de la historia checa, en lo alto de la colina; ahí, el cielo se pinta de naranja, amarillo y rosa; cientos de personas cruzan el río por el puente empedrado, mientras contemplan sin prisas el hechizante escenario. Tenues faroles comienzan a iluminar la noche; sólo falta que salgan hadas o duendes para sentirse parte de un cuento.

Este castillo del siglo 9, considerado el más grande del mundo, está compuesto por una catedral, un convento, una basílica y un Palacio Real. Desde ahí, la vista hacia la “ciudad de las cien agujas” –llamada así por los picos que coronan torres y edificios– es sin duda una fotografía memorable. Las calles serpenteantes del barrio de Lesser descienden entre mansiones antiguas hasta el Puente Carlos, el más viejo de Praga; a sus costados, 30 estatuas de santos observan a los peatones que lo usan para cruzar el río Moldava.

Aunque fue protectorado nazi y ombligo de las guerras mundiales, Praga es una de las ciudades mejor conservadas de Europa. En los noventa, tras la era soviética, abrió las puertas al mundo y sorprendió con su belleza. No se necesita ser experto en estilos artísticos para darse cuenta de la diversidad de su arquitectura –románica, gótica, renacentista, y barroca. Incluso ahora, la Casa Danzante aporta la modernidad de sus curvas y cristales al panorama. Y es que se habla de Praga desde hace más de mil años, con la llegada de mercaderes y artistas a esta antigua región de Bohemia. Después, fue la capital del Sacro Imperio Romano a partir del siglo 14, con Carlos IV a la cabeza.

Praga

Por ello, entrar a la Ciudad Vieja (o barrio viejo de Praga) es abandonar el presente, y perderse en románticas plazuelas y calles adoquinadas de tiempos medievales. Después de pasar numerosos comercios, bares y cafeterías, se llega a la plaza principal, donde destaca la Iglesia de Nuestra Señora antes de Týn – hoy galería de arte antiguo. Justo enfrente, una multitud se reúne cada hora para ver el espectáculo del reloj astronómico, cuando aparecen los 12 apóstoles al son de una alegre melodía. Este reloj teñido de dorado, además de marcar la hora, indica la posición del sol y la luna en el cielo (entre otros detalles de los astros).

 A pocos pasos, se encuentra el Clementinum, un conjunto de edificios que fue el tercer colegio jesuita más grande del mundo. Y como buen colegio, no le falta su biblioteca, sólo que en este caso es una joya barroca, que el mismo Borges toma como escenario de ensueño, en su libro El milagro secreto.

Karlov Bridge

El área más comercial de Praga es la Ciudad Nueva, al sureste del barrio viejo; aquí se encuentra la Plaza de Wenceslas, donde no faltan las grandes tiendas y restaurantes con vista al majestuoso Museo Nacional (cerrado hasta el 2016 por renovación).

Con el paso de las horas, la vida nocturna de Praga se ve  animada con sus tradicionales cervezas, en lugares para botanear y tomar bebidas, abiertos hasta altas horas de la madrugada. Al salir a la calle, la luz de luna embriaga a checos y visitantes, como el destello de una vara mágica. También por la noche, sus teatros e iglesias exponen espectáculos de arte, música o danza.

Como en otras ciudades europeas, en Praga se han abierto numerosos bares a orillas del río. La gente camina y anda en bicicleta; luego, se detiene a tomar una bebida y descansar la vista en lo alto del castillo. Justo ahí, el tiempo parece detenerse, y el aire, llenarse de romance – y qué decir, si uno se enamora desde la llegada.