Por su extraordinaria bonanza de fines del siglo 19 y la fuerte influencia de la cultura maya en el meridano, la Ciudad Blanca es un destino muy distinto al resto de México. Tiene algo que fascina a cualquiera.

MID1VOY ATERRIZANDO en Mérida y escucho un español con un acento que jamás había escuchado. “Es que lo pronunciamos como la lengua maya”, me explica Cecilia, mi anfitriona meridana. Resulta que en la península de Yucatán todo y todos han sido impregnados por la cultura ancestral que en esa zona tuvo auge siglos atrás. La propia ciudad está asentada sobre lo que antes fue el poblado prehispánico de Thó y las piedras de sus ruinas fueron usadas para construir las primeras edificaciones del siglo 16. Y desde entonces, la comida, la música, la danza y hasta el sentido del humor son tan diferentes como gozosos.

MID2Todo empieza por el centro
Aquí al primer cuadro de la ciudad se le llama “Plaza Grande” y la humedad y el calor madrugan al igual que las mujeres ataviadas con frescos hipiles, el vestido regional bordado de flores de colores vivos. Al este de la plaza está la Catedral de San Idelfonso, la segunda más antigua de América; al norte, el Palacio de Gobierno, con 27 murales de Fernando Castro Pacheco que relatan la lucha entre mayas y españoles, y al sur, la casa de Francisco de Montejo, fundador de la ciudad y cuyo interior puedes visitar para conocer cómo se vivía durante los tiempos de bonanza.

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Mérida tuvo su auge desde el siglo 19 gracias al henequén, un agave de cuya fibra se hacía el cordel. Las grandes fortunas derivaron en mansiones de arquitectura francesa, que hoy se mantienen en pie sobre el Paseo de Montejo, un gran boulevard inaugurado en ocasión de la visita del presidente Porfirio Díaz en 1906. Ahí Cecilia y yo detuvimos el paso entre los arbolados camellones para probar las champolas (mezcla de leche y helado) de la Sorbetería Colón, con recetas de hace 100 años. Seguimos la marcha hacia el Museo Regional de Antropología e Historia, antes conocido como Palacio Cantón, un hermoso edificio de estilo Beaux Arts de inicios del siglo 20 con exposiciones temporales sobre la cultura maya. También es obligado visitar al norte de la ciudad el nuevo Gran Museo del Mundo Maya, con un edificio imponente y una museografía interactiva que ha sido galardonada a nivel internacional.

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Terminamos nuestro recorrido por el Paseo de Montejo en el Monumento a la Patria, equivalente al Ángel de la Independencia en la CDMX o nuestra Minerva en Guadalajara. En forma semicircular y tallada en piedra la obra de 1956 narra la historia precolombina en su lado cóncavo, y la historia del Mexico independiente en su lado convexo.

La comida, mención aparte
Ninguna visita a Mérida está completa sin probar la comida regional, cuyo sabor no tiene igual en México, ya que se basa en formas de preparación distintas y emplea ingredientes únicos como el queso edam, la naranja agria, el achiote y el chile habanero. La lista es larga: la cochinita, los papadzules, salbutes y panuchos, el mucbilpollo, el frijol con puerco, el queso relleno, el poc chuc y otras tantas recetas que puedes probar en numerosos restaurantes de la ciudad. Cecilia me llevó a la Chaya Maya, en el centro porque asegura que su sabor es igual al de cualquier hogar yucateco.

Trova, jarana y teatro regional
Mérida es conocida también por sus músicos y compositores, especialmente de trova. En la céntrica Plaza Santa Lucía, desde hace 50 años cada jueves se ofrece una velada plena de romanticismo. También debes conocer la jarana, el baile regional que incluye pasos sobre una caja de madera y ¡una botella en la cabeza! Mi día terminó con una cena-show de teatro regional, incluyendo rimas de humor pícaro, conocidas como “bombas yucatecas”.

Ahora entiendo por qué quien visita Mérida se va con pocas ganas de poner pie en el avión. Yo por lo pronto, estoy segura de que volveré.

FOTOGRAFÍAS: César Farah-Made / Post Art (Derechos Reservados).