Si bien la película “Lo que el viento se llevó” se desarrolló en otros estados del sur estadounidense, Luisiana aún guarda mucho de lo que fue la vida en la era de las plantaciones y su esclavitud en el siglo 19. Te invito a recorrerlas conmigo.

LA MEZCLA DE CULTURAS AFRICANAS Y HAITIANAS junto con la herencia francesa y española han tejido en Luisiana, Estados Unidos, una historia digna de novela del siglo 19, cuando el clima húmedo del estado posibilitó su auge como productor de azúcar  a orillas del río Mississippi y  trajo consigo el asentamiento de familias adineradas que construyeron grandes mansiones al interior de sus terrenos.

Estas mansiones eran casas de campo mientras que la vida social se reservaba para las residencias de Nueva Orleans,  punto de comercio de esclavos destinados al sur de los Estados Unidos. Entonces, hombres y mujeres de raza negra trabajaban  en las casas de la ciudad, en los ingenios de azúcar y las plantaciones, hasta que llegó la Guerra de Secesión y terminó con la esclavitud en 1865.

A esta historia le seguí la pista visitando  una de estas plantaciones criollas, a 130 kilómetros, por la carretera River Road hacia Baton Rouge, donde se puede revivir la historia de las familias que las habitaron, tejiendo relatos con hechos reales al ver cada cuarto, mueble u objeto.

Aunque la región comprende nueve plantaciones,  elegí Laura Plantation porque tiene un recorrido interesante, documentado en los Archivos Nacionales Franceses y en unos manuscritos que se rescataron de Laura Locoul Gore, una de sus descendientes: quien vivió en la mansión y en donde relata cómo era la vida de las mujeres criollas, sus hijos y los esclavos.

En el terreno aún está la casa grande y las cabañas de esclavos, entre otros edificios. Al llegar a Laura Plantation, anfitriones vestidos a la usanza del siglo 19 te reciben para acompañarte en un recorrido por los cuartos de la casa principal, permitiéndote así revivir la vida de los dueños de aquella era con fotografías de la familia, objetos personales, antigüedades e incluso ropa de época.

Atravesando un tramo de jardín se llega a las cabañas de los esclavos; en los tiempos de bonanza fueron 69, con cocinas comunitarias y varios pozos de agua; el contraste es evidente, los cuartos muestran escasos muebles y algunos utensilios. Lo más sobrecogedor del lugar está en una hoja; es el registro de esclavos de la Laura Plantation donde constan nombres, si tenían hijos, cuál era el trabajo que mejor realizaban y, lo más devastador, cuál era su precio.

Con la recreación de esta plantación de azúcar, lo que quedó es el testimonio de una era que durante muchos años imperó en Luisiana y que con visitarla nos permite comprender por qué hoy es uno de los estados con marcada diferencia en gastronomía, arquitectura  y estilo de vida.