Doha, la capital, deslumbra por su modernidad, pero aún guarda en su interior un rincón que nos recuerda sus orígenes.

EL DESARROLLO que ha tenido Catar en décadas recientes es de los más impresionantes del mundo. Gracias a la abundancia de petroleo y planificado crecimiento de la dinastía Al-Thani, el país ha levantado a Doha, la capital, con proyectos millonarios dignos de conocer: centros comerciales de gran lujo, hermosas mezquitas, museos de exquisito gusto y, por supuesto, los rascacielos de innovadora arquitectura.

En este mundo futurista aún existe el Souq Waqif, un laberíntico mercado de los tiempos en que beduinos viajaban a la península para comprar y vender pescado, cabras e incluso lana, hace un siglo.
Eso sí, las calles empedradas y los edificios encalados, las paredes de barro y las vigas de madera en los techos, son una versión restaurada en 2008. No obstante el mercado mantienen su espíritu antiguo y personalmente es lo que más me fascinó.

Para una como mexicana, es de llamar la atención los locales, las mercancías y sobre todo la gente de otras partes de Asia que llega a comprar ollas, especias, pashminas, miel de Yemen, dátiles de Omán y hasta halcones. Todo un mundo de contrastes en la ciudad que será sede del Mundial de Futbol 2022.