En Vancouver, de día te aventuras a los hermosos parques, el mar y las montañas de sus alrededores, pero por la noche dejas salir el instinto urbano que llevas dentro.

BIEN SE DICE QUE lo mejor de Vancouver, Canadá, es gratis: su hermoso entorno natural no pide otra cosa que dejarse asombrar por bosques, montañas y mar que abrigan a la ciudad galardonada como una de las cinco con mayor calidad de vida en el mundo. De hecho, ninguna otra en Norteamérica se le acerca al ranking de Vancouver. Para descubrir a qué se debe ese honor, viajé desde Guadalajara hasta la provincia de British Columbia haciendo conexión en Ciudad de México por Aeroméxico (también puedes hacerlo vía Houston, Los Ángeles o San Francisco).

Preferí empezar por el cliché mayor de todo visitante: el Stanley Park, un bosque de coníferas de medio millón de árboles en 400 hectáreas que te hacen olvidar que estás en plena ciudad. En él puedes darte gusto a pie o en bicicleta en sus 200 kilómetros de senderos, sus dos lagos o el Seawall, un paseo de 22 kilómetros que rodea la costa frente al parque. Si lo prefieres existen tours en autobús, tranvías a caballo o hasta un tren en primavera y verano. El parque está considerado el pulmón de Vancouver y tiene algo que me parece una joya: Brockton Point y su decena de tótems, esas grandes columnas de madera tallada en figuras con simbología ancestral. Aunque no todas son auténticas (las originales se encuentran en varios museos), las réplicas son fieles a las piezas que elaboraron antiguamente los pobladores del este de Canadá.

Otro gran atractivo es el acuario, que alberga a 50 mil animales, incluyendo especies que no vemos en México como ballenas beluga, pingüinos, pulpos del Pacífico y nutrias de mar.

Me quedé con muchas ganas de pasar el día completo en el parque, pero además de la naturaleza también está la ciudad con sus barrios, así que la primera tarde la dediqué a Gastown, la zona más antigua.

En realidad Vancouver es joven, “apenas” fundada en 1886 con una zona histórica que mantiene algo del sabor de inicios del siglo pasado, y eso lo puedes admirar en Gastown. El barrio se encuentra al este de la calle Granville, con edificios de ladrillo y mucha vida bohemia. La selección de restaurantes y cafés es variada y el ambiente muy agradable. Justo aquí está un reloj de vapor, de los pocos que existen en el mundo. Esta reliquia es todo un atractivo pues no nada más sigue funcionando sino que cada cuarto de hora emite la parte correspondiente a las campanas de Westminster.

Mi segunda mañana la dediqué al Parque del Puente Colgante Capilano, al norte de la ciudad. Se trata de un bosque tropical de coníferas y abetos centenarios cuya máxima atracción es el puente a 70 metros sobre el río Capilano; tiene una longitud de 137 metros y puede soportar hasta 96 elefantes. La adrenalina continúa con el Cliffwalk, una serie de caminos sujetados a las colinas y el Treetops Adventure, un grupo de puentes colgantes que conectan a varios abetos milenarios y que permiten apreciar el bosque tal como lo hacen las ardillas, desde lo alto.

La segunda noche preferí aventurarme al barrio de Chinatown, teniendo en cuenta que alrededor del 35 por ciento de la población de Vancouver es de origen asiático y la mitad de ellos son de origen chino. De hecho ninguna otra ciudad de América del Norte tiene ese porcentaje tan alto. Una vez atravesando el Millenium Gate te transportas al Lejano Oriente y lo mejor del lugar es la oferta gastronómica. Ahí te recomiendo en particular las ostras.

Antes que el sol se perdiera en el horizonte, me dirigí al Harbour Centre, el complejo de oficinas, con un centro comercial y el mirador Vancouver Lookout. Para subir al piso de observación tomé un ascensor de cristal que demora un minuto en tanto uno admira la vista entre rascacielos. Si bien el Loookout no es muy alto (168 metros) tiene hermosas vistas a 360 grados, suficientes para apreciar el movimiento de barcos, el ir y venir de automóviles y los barrios céntricos que contrastan con las imponentes montañas que rodean a la ciudad. El boleto es válido para todo el día, así que puedes visitarlo las veces que quieras.

A la mañana siguiente quería experimentar la vida local, así que fui a Granville Island, una zona de la ciudad que ha sido ejemplo de renovación urbana exitosa, ya que lo que antes era un barrio industrial se ha transformado en uno de ocio y compras. Puedes comer, apreciar arte y visitar el Mercado Público, donde es evidente la abundancia de alimentos que produce British Columbia. Camino por los puestos de fruta y me llega el dulce aroma de las fresas recién cosechadas del valle de Fraser o las hermosas cerezas de Okanagan. También hay excelente salmón y cangrejo. Y es que debes saber que el mercado tiene un food court donde puedes disfrutar de una gran variedad de platillos frescos.

En tanto, en la calle no faltan los músicos que hacen gala de su talento con un saxofón, un violín o los tambores.
No muy lejos de Granville (y a unos 20 minutos del centro) se encuentra el campus de la Universidad de British Columbia, sede del Museo de Antropología (MOA). El edificio alberga una de las colecciones más completas de arte de los primeros pobladores de la región (a quienes llaman en Canadá “First Nations”). Aquí también hay tótems, además de réplicas de las casas de los haidas, gente que habitó el oeste de Canadá mucho antes de la llegada de los europeos.

De regreso a los espacios exteriores, no podía perderme el Jardín Botánico VanDusen en el barrio Shaughnessy porque sus 22 hectáreas son espectaculares. En él puedes encontrar 40 jardines temáticos con plantas de todo el mundo y un trabajo ornamental que lo convierten en un paraíso. A mi me llamó la atención el laberinto isabelino, un favorito de los niños, hecho con todo cuidado desde 1981, a base de mil cedros.
Por la noche regreso al centro, entre las calles Granville y Robson, donde están las mejores opciones de bares, antros y pubs, algunos con música en vivo .

Que no te extrañe si en tu visita te encuentras con un equipo de rodaje, ya que Hollywood suele filmar aquí muchas películas, gracias a sus múltiples escenarios y ventajas económicas.

También es una ciudad de festivales, de los cuales destaca el de Fuegos Artificiales, el más importante del mundo en su tipo. Son cuatro noches a finales de julio y principios de agosto, en los que durante 25 minutos la English Bay se enciende de todos colores en el cielo.

Cuando hagas tus planes para venir a Vancouver asegúrate de considerar con tu agente de viajes unos días adicionales para vivir experiencias únicas enBritish Columbia, tales como el avistamiento de ballenas, la belleza de Victoria (la ciudad más británica de Canadá), el resort de ski Whistler (uno de los más grandes de Norteamérica) e incluso tomar el tren hacia las montañas o una aventura en crucero.

CERCA DE VANCOUVER… ¡HAY MUCHO MÁS!