Obsequio de China, en 1910, el Reloj es un monumento que sigue de pie… y funcionando pese a las transformación urbana y la Revolución.

PARADO EN LA GLORIETA de Bucareli, frente a la Secretaría de Gobernación, admiro la pequeña torre que remata en un reloj de cuatro caras y adorna con obstinada perseverancia el entorno que ya no le corresponde. Ha pasado más de un siglo desde que fuera bautizado sin acta de por medio como el “Reloj Chino”, cuando entonces era sabido que el monumento se levantó a iniciativa de la comunidad oriental en México a fines del siglo 19 y que la dinastía Quing fue la que envió el valioso obsequio para celebrar el centenario de la Independencia de México, habiendo firmado ambos países un Tratado de Amistad, Comercio y Navegación en 1899.

El océano Pacífico era entonces mucho más peligroso y distante por lo que la llegada del reloj, primero a Acapulco y luego a la capital, fue todo un acontecimiento después de meses de travesía. Justo arribó en 1910 para los festejos de la Independencia, sin siquiera sospechar que la Revolución estaría por reventar en cualquier momento.

El monumento delante del Palacio de Cobián, sede de la Secretaría de Gobernación. Su glorieta alguna vez fue mucho más grande.

Ubicado en una avenida céntrica que vio mejores días, el monumento fue parte de un proyecto ambicioso del mandatario Porfirio Díaz, para el renacimiento del Paseo de Bucareli, una de sus muchas iniciativas para afrancesar la ciudad, con amplias avenidas, árboles y fuentes. Su fiel compañero sería la estatua de Carlos IV montado a caballo, a un par de cuadras (hoy el lugar lo ocupa otro “caballito”, la escultura gigante de amarillo chillón, del escultor Sebastián).

Los árboles ya no están, las grandes banquetas fueron reducidas, las fuentes retiradas y el jinete monárquico reubicado. Incluso la propia glorieta del reloj fue disminuida en diámetro, dejándola a expensas de los automovilistas que la evitan como si se tratase de un obstáculo ignorando el valor histórico que el paso del tiempo le confiere. Y es que mantenerse en pie no ha sido fácil.

A tan solo 14 años de su inauguración, un proyectil tuvo el tino de estrellarse contra el monumento. La revolución estaba en su apogeo y los cañones de la Ciudadela, ubicado a unas cuadras del monumento, habían descargado su furia en una lucha armada. La comunidad china de nuevo reunió fondos para la reconstrucción que demoró nueve años y no volvió a ser noticia hasta el 2010, cuando en ocasión del bicentenario de la Independencia de México, la revista China Hoy recaudó dinero para una renovación de la histórica construcción.

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El mundo análogo fue migrando al digital y la ingeniería del reloj pasó del asombro a la pesadilla pues, como bien sabe el propietario de cualquier vehículo antiguo, su mantenimiento se convierte en acto heroico. De hecho, cuando el reloj llegó a México, su función era utilitaria y no exclusivamente ornamental, como podría parecer a los jóvenes que nacieron con microchip incluido.

No cualquiera traía un reloj en la muñeca a inicios del siglo 20 y Porfirio Díaz se aseguró que parte de la renovación urbana de México incluyera suficientes relojes monumentales para marcar el paso del país que soñaba.

Al acercarme a la puerta de hierro forjado para intentar ver la maquinaria, las estrellas se alinearon pues casualmente estaba de visita el hombre que hace posible el milagro de que esta reliquia funcione como el día de su fastuosa inauguración. Con gran sonrisa me dijo: “hoy es tu día de suerte, porque te voy a mostrar lo que hay detrás de la puerta”.

Don Ernesto Camargo Mejía, me explicó, tiene más de tres décadas trabajando con el fabuloso invento de manecillas; pero no cualquiera, pues además del Reloj Chino, ha mantenido en forma al del Museo de Geología, la Catedral Metropolitana de México y la de Veracruz, además del Reloj Otomano (éste último donado por la comunidad otomana de 1910), entre otros.

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Don Ernesto Camargo, experto en el funcionamiento de relojes monumentales.

El reloj funciona con precisión gracias a su habilidad para que las partes trabajen como hace un siglo; ello ha requerido incluso fabricar piezas de repuesto. Me explica que aun cuando pudiera sustituirse la maquinaria por algo más moderno, es importante mantener el equipo original lo más posible, pues tienen un gran valor histórico. Y así, con justificado orgullo me muestra lo que pasa tras las puertas de hierro forjado al interior del monumento. Vamos, las arterias que fluyen por este chino nacionalizado mexicano.

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El alma del Reloj Chino.

Para mi sorprIMG_6780esa, el reloj mantiene un engranaje elegante pero se advierten cambios para su funcionamiento, el más evidente, las pesas de barra de gimnasio con la que se logra que las ruedas internas giren con la debida precisión. “Solamente se retrasa unos minutos con el paso del tiempo”, me indica Don Ernesto y coincido con él que ojalá algún día la puerta de acceso permita ver desde afuera todo lo que se necesita para hacer funcionar un reloj de este tipo.

Me muestra también la placa conmemorativa del Bicentenario que cayó tiempo después de colocada. “Está pendiente volver a ponerla en su lugar”, me explica mientras la sostiene para tomarle una fotografía.

Yo me quedo mirando de arriba a abajo lo que no es posible para cualquier visitante, observando la cadena que asciende y se pierde a la altura de las cuatro carátulas, admirado de tener frente a mi valiosas piezas que bien podrían estar en el Museo Arts et Métiers de Paris, pero que en lugar de alojarse tras una vitrina, se mantiene con vida gracias a Don Ernesto.

Y mientras las agujas avancen imparables, esta joya seguirá atestiguando el derrotero de la historia nacional marcando con precisión la hora, tal como lo hiciera desde hace 105 años.

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Puerta de acceso al mecanismo del reloj.

Fotografías: Armando Dájer