En el Ex-convento de Santa Ana en Tzintzuntzan, Michoacán, el tiempo se ha detenido; solo rompen el silencio los niños y los hermanos franciscanos.

AUNQUE QUEDA a cuadra y media de la plaza de armas del pueblo, el ex-convento es un lugar aislado del mundo, casi celestial. Sentado en una de sus bancas percibo la ventisca que se cuela entre los olivos plantados por órdenes del primer obispo de Michoacán Vasco de Quiroga.

De pronto brota el murmullo lejano de varios sacerdotes franciscanos que flotan sobre el césped bien cuidado y las carcajadas de unos niños del pueblo que compiten con sus viejas bicicletas atravesando el atrio delimitado por las bardas, el antiguo Hospital de Indios y los templos de San Francisco y La Virgen de la Soledad.

Desde 1570 han pasado siglos de historia por aquí: quedan los vestigios de hombres de fe y su arquitectura plateresca y barroca, donde a pocos metros también permanecen las ruinas del imperio purépecha y el templo del dios colibrí mensajero (significado de Tzintzuntzan).

Si vienes, la quietud es tal que escucharás los latidos de tu corazón. Y sin más, te alimentarás de la paz de este pueblo mágico.

Fotografías: Armando Dájer