Con mucha frescura, el río artifical más largo de Latinoamérica nos lleva por la historia mexicana, el verdor natural, las piezas de una antigua fábrica y las mismas aguas que sin duda marcaron la vida de Monterrey.

parque-fundidora-monterreySaludábamos a la gente que navegaba en pequeñas embarcaciones por el canal de agua del Paseo Santa Lucía, mientras buscábamos con hambre una pizza o un filete de arrachera para comer en los restaurantes del lugar. Ya había visitado la ciudad regia anteriormente, pero no me había tocado caminar los dos y medio kilómetros que únen la Macroplaza, en pleno centro, con el Parque Fundidora (antigua fábrica fundidora de fierro y acero por más de 80 años) y debo decir que por su modernidad, su tranquilidad y la frescura del aire que nos tocó 564216_turistas_nuevo_leon_semana_santaaquella tarde, me hizo recordar el mismo riverwalk del centro de San Antonio, Texas, que tanto visité de más pequeña.

Tres museos parecen dar la bienvenida a este paseo a orillas del río artifical más largo de Latinoamérica, que justo fue construido en el ojo de agua de Santa Lucía donde se creó Monterrey. El primero que llama nuestra atención es el Museo del Palacio del Gobierno, suntuoso en medio de la explanada principal donde destacan sus tonos ocres y las 1366_1232718983_paseo-santa-lucia-monterreyestatuas heróicas. Justo a lado llegamos al Museo de Historia Mexicana para conocer el poblamiento del continente americano, el colonialismo y el México moderno, entre otras exposiciones temporales; el tercero, es el Museo del Noreste, que como su nombre lo dice, difunde la historia de los estados de esta región del país.

Ya más tarde caminamos con café en mano por el paseo, topándonos con fuentes, puentes, estructuras artísticas y murales de azulejos, mientras algunos deportistas se preparaban para una de las 4483632017_756425cc85_zcompetencias que ahí se llevan acabo en ocasiones (y me imaginé corriendo con ellos al día siguiente, ¡sin falta!). De pronto, el trayecto nos otorgaba hermosas vistas hacia el cerro de la Silla, y ni la bruma de la tarde pudo ocultar su intenso color verde.

Ya cuando llegamos al Parque Fundidora, exploramos caminos y jardines bajo la sombra de los árboles, y los hornos y estructuras de acero que sobrevivieron al tiempo y ahora nos parecían un fuerte emblema de Monterrey – que es tan bien conocida en el país por ser una ciudad industrializada. Es verdad que había mucho más que conocer en la ciudad, pero yo podía únicamente haber dado vueltas y vueltas caminando, corriendo o navegando el Paseo Santa Lucía, con la pasividad que me inspiraba el fluir del agua.

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