Alguna vez protagonista de la historia universal, Roma es manantial de inspiración para quien se aventura en sus laberintos, seguro de hallar tesoros de todos los tiempos.

EN EL MUNDO ANTIGUO, se decía que todos los caminos llevaban a Roma. Eran los días del gran imperio, hace más de dos mil años; algo fácil de advertir por los vestigios que fascinan a 15 millones de turistas que visitan la capital de Italia anualmente.

Esta es una Europa con un haber de siglos mucho mayor que la del promedio de otras capitales del Viejo Continente… ¡y se nota!

La historia de la Ciudad Eterna comenzó cuando Rómulo y su hermano mellizo Remo se salvaron de morir gracias a la loba Luperca que los amamantó. Eventualmente Rómulo fue rey en el año 754 a. C., quedando la anécdota de la loba y los niños como símbolo de Roma. Actualmente la escultura puede apreciarse en varias partes pero la más representativa está en el Capitolini, el museo público más antiguo del mundo, que además de la Luperca cuenta con una invaluable colección de arte, de las mejores de la ciudad.

Monarquía, república, imperio o papado, Roma ha vivido muchos tipos de organización política, dejando cada una su huella en monumentos, edificios y hasta vías. En busca de ese pasado ando a pie por sus caprichosas calles que obligan al serpenteo de peatones, autos y motocicletas (¡cómo gustan aquí las motos!).

Los romanos caminan conversando animadamente con palabras que resultan familiares gracias a que el propio español tiene parte de sus raíces en el latín de la poderosa Roma, la misma que influyó en la arquitectura, las leyes y muchas otras disciplinas en el resto de las naciones. Ahora entiendo las palabras del famoso escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe que en el siglo 19 afirmó: “¡Roma es la capital del mundo! En este lugar se renueva toda la historia y siento haber nacido por segunda vez, y haber verdaderamente resurgido el día que puse pie en ella.”

Y bueno, entre romanos motorizados y multitudes en todas direcciones camino recordando que este lugar fue una de las primeras grandes metrópolis de la historia y cuyo antiguo poderío aún salta a la vista en monumentos que la convierten en “el museo al aire libre más grande del mundo”.

Del Imperio a la Monarquía

Tras una cena de espagueti a la carbonara y buen tinto toscano (en Roma se come delicioso por unos cuantos euros) caminé varias cuadras hasta la barroca Fuente de Trevi, construida como remate de un antiguo acueducto que abastecía de agua a la población. Desde 1762, Neptuno es remolcado por caballos y tritones pétreos que últimamente lucen de blanco brillante gracias a los trabajos de mantenimiento patrocinados por la firma italiana Fendi.

Como ritual de tribu, diariamente cientos de turistas se reúnen ante la fuente y aquella noche no era la excepción. Como dicta la tradición hay que tirar una moneda de espaldas y por encima del hombro izquierdo si es que quieres volver algún día a la ciudad eterna. Y como todos quieren volver, pues ya se imaginarán la cantidad de monedas en la fuente (que me aseguran terminan en obras de beneficiencia). También estaban aquellos que aventaban dos monedas para enamorarse de una italiana o italiano, según la leyenda aún no confirmada.

El ambiente era festivo, todos con la mirada puesta sobre la fuente más bella del mundo. Yo me hubiera quedado ahí pero al día siguiente debía levantarme temprano para explorar otros imperdibles.

A eso de las 9 de la mañana mis compañeros de viaje y yo nos encaminamos a una de las Siete Maravillas del Mundo Moderno: El Coliseo. Íbamos temprano a sugerencia de Lucía, nuestra guía romana, que si no pasaba por española era solo por su divertido acento italiano. “Es mejor llegar antes que las multitudes”, justificaba. De inmediato, la ventaja de un tour privado como el nuestro fue evidente: Lucía ya tenía nuestros boletos en la mano e ingresamos sin demora por un acceso VIP.

Tuve suerte de que su fachada estaba de estreno, la piedra tenía apenas meses de recibir un tratamiento de limpieza a causa de la contaminación de la ciudad y hasta los propios romanos volteaban a ver lo que ya era parte de lo cotidiano, como cuando uno ya ni repara en la pintura de frutas sobre el comedor.

Aquí algunos datos cortesía de nuestra guía Lucía: durante 500 años, el Coliseo ofreció espectáculos para un máximo de 50 mil asistentes hasta que los sismos y posteriores saqueos terminaron con su funcionamiento alrededor del siglo 6. Fue escenario de cruentas peleas de gladiadores y ejecuciones de prisioneros, algunos víctimas de hambrientas fieras traídas de África.

Nos explicó que todavía está a discusión si fue en este espacio donde los primeros cristianos sufrieron a manos del imperio romano o si fue en otros lugares de la ciudad, pero ella se queda con la segunda opción. En todo caso, es desde aquí que el Papa preside el Via Crucis cada Viernes Santo.

Actualmente su interior está en proceso de renovación para que futuros visitantes puedan entender con facilidad el uso que se le daba a la arena (el escenario central) y disfrutar de eventos de gala como conciertos (puedo imaginarme aquí en un futuro no muy lejano a los herederos del talento de Pavarotti).

Literalmente cientos de turistas de ojos rasgados, cabelleras blondas o hispanoparlantes de todos los acentos abarrotan este legado de la política de “pan y circo” Hay tanta historia en este monumento que antes de viajar a Roma te recomiendo mucho leer sobre la historia del pueblo romano y así disfrutar mejor las explicaciones de Lucía.

Otro gran espacio que debes conocer es el Foro Romano, el antiguo equivalente al centro de cualquier ciudad donde convergen lo político, económico y religioso. En este espacio, cercano al Coliseo, caminaban los emperadores y se reunían senadores, entre templos, tribunales y grandes monumentos como el Arco de Tito que celebra el triunfo del imperio sobre Jerusalén en el 70 d. C. Se puede caminar entre los vestigios que afortunadamente fueron rescatados y que te permiten vivir de cerca lo que habría sido el poder de Roma hace 20 siglos.

 

Cuarenta metros sobre el Foro se encuentra el Monte Palatino, una de las siete colinas de Roma donde según la mitología la loba Luperca cuidó de Rómulo y Remo. Siglos después, ésta que es la más céntrica de las colinas, albergó a los ciudadanos más adinerados en palacios cuyos vestigios aún se pueden observar.

En la balsámica primavera mediterránea caminamos un rato al aire libre y nos detuvimos en un pequeño restaurante para probar un imperdible de Roma: las suppli alla romana, una croqueta rellena de arroz cocido, tomate, carne y queso mozzarella derretido. Una combinación deliciosa que en particular me gustó por el queso derretido.

Siguiendo a nuestra anfitriona Lucía llegamos a la céntrica Plaza de la Rotonda para visitar el Panteón de Agripa (125 d. C.), otra joya de la ciudad, construida para honrar a los dioses romanos. Es una edificación bastante bien conservada gracias a que eventualmente en el siglo 7 fue donada a la Iglesia y utilizada como templo, dándole el debido mantenimiento.

El Panteón sorprende por la perfección de sus dimensiones ya que tanto el diámetro del edificio circular como su altura miden ambos 43.30 metros. Aquí está enterrado el famoso pintor Rafael y varios reyes de Italia, entre ellos Víctor Manuel II, quien mandó a construir el siguiente monumento que visitamos.

El Monumento Nacional a Victor Manuel II es un gigante de mármol blanco, custodiado por soldados que resguardan la llama eterna, conmemorando el primer reinado de Italia tras su unificación. A nuestra guía y a muchos otros romanos les disgusta la imponente construcción terminada en 1911 porque además de considerarla demasiado ostentosa y poco acorde con el entorno, precisó la destrucción de edificios de gran valor.

Por lo pronto nosotros disfrutamos de la vista en lo más alto donde se puede apreciar gran parte del centro de la ciudad. De hecho, te recomiendo visitarlo justo al atardecer para admirar el dramático cambio al encenderse las luces.

Fe y Arte

El segundo día lo dedicamos a los museos y por supuesto a algunas de las iglesias más representativas de la fe católica.

Siendo miércoles aprovechamos iniciar el día en el Vaticano, con la audiencia papal en la Plaza de San Pedro. La experiencia es única ya que se tiene la oportunidad de escuchar al pontífice y verlo de cerca durante su paseo hasta las escalinatas de la Basílica .

Enclavado en el centro de Roma, la ciudad del Vaticano ocupa menos de un kilómetro cuadrado y viven en ella apenas mil personas. Eso sí, multitudes la visitan diariamente para conocer la Basílica de San Pedro, la Capilla Sixtina y los Museos Vaticanos que guardan verdaderos tesoros de arte. Para una amplia explicación te recomiendo visitar el artículo que publicamos anteriormente en la revista y que puedes encontrar en la página electrónica Travelier.mx/Vaticano.

La tarde la dedicamos a las otras tres basílicas mayores que se encuentran fuera del Vaticano. Primero fuimos a la Basílica de San Pablo Extramuros, lugar donde se encuentra sepultado San Pablo. Es la segunda en tamaño tan solo detrás de la Basílica de San Pedro y aunque se encuentra un tanto retirada del centro (llegamos en unos quince minutos) bien vale la pena visitarla por la belleza de sus interiores, en cuyas paredes están los retratos de todos los papas.

Nuestra siguiente visita fue a la Basílica de San Juan de Letrán, dedicada a San Juan Bautista. Fue la primera iglesia construida en Roma (siglo 4) y actualmente es Catedral de la ciudad. Entre imponentes columnas y estatuas de santos, el Papa da su bendición aquí cada Jueves Santo.

Frente a la Basílica se encuentra la Escalera Santa traída en 326 d. C. del palacio de Poncio Pilatos en Jerusalén, ya que por ella Jesucristo habría subido el Viernes Santo para ser juzgado. Ahora miles de cristianos la suben anualmente de rodillas y rezando con fervor.

El recorrido del día concluyó en la Basílica de Santa María la Mayor, la iglesia más importante entre las dedicadas a la Virgen María en Roma. Para los amantes del arte, su arquitectura y decoración es de sumo interés porque en ella puedes apreciar todas las etapas del arte, desde el paleocristiano hasta el barroco.

Por las calles de Roma

El tercer y último día lo iniciamos en la céntrica Plaza de España, punto de encuentro popular de romanos y visitantes, sentados en alguno de sus 135 peldaños que ascienden a la Iglesia Trinita dei Monti.

Frente a la plaza se encuentra la Via Condotti que aloja a las boutiques de las más afamadas firmas italianas de mo-da y el famoso café Greco, el segundo más antiguo de Italia (visita la página Travelier.mx/Condotti).
Por ahí me compré un Pinochito, un souvenir infaltable de Roma y toda Italia.

Otro sitio que merece una visita es la Plaza Navona, donde anteriormente estaba un circo para 30 mil espectadores. En su centro se encuentra la hermosa Fuente de los Cuatro Ríos, del escultor Gian Lorenzo Bernini. Este es un excelente lugar para el dolce far niente.

También está el Campo dei Fiori una plaza construida en 1456 donde antes se cultivaban flores. Cada mañana se convierte en un pintoresco mercado de frutas, verduras, pastas y por supuesto, flores. A su alrededor hay restaurantes con terrazas donde puedes comer o cenar a gusto. De hecho por toda Roma encontrarás trattorias, que son restaurantes familiares donde puedes comer muy bien y a buen precio. Además están las omnipresentes pizzerías de gran variedad para saborear ahí mismo o para llevar. ¡Y no olvides el gelatto! Esos helados artesanales por los que vale la pena romper cualquier dieta.

Ya me habían advertido que Roma es imposible de conocer en un solo viaje, que se necesita toda una vida y vaya que ahora les creo.

Cuando visites esta importante capital de Europa tómalo con calma, paladea su gastronomía, disfruta la amabilidad del romano y descubre sus numerosas joyas arquitectónicas. Después de todo, ¡Roma no se construyó en un día!

Fotografías: Armando Dájer