Ese arbolito lleno de luces y decoraciones que ponemos en casa o vemos en plazas, calles y cientos de imágenes nos anuncia que la Navidad ha llegado, pero, ¿de dónde surge esta tradición?

Son diversas culturas y épocas las que han dado vida a este emblema de las fiestas decembrinas, siendo antiguo símbolo del universo, el sol y la fertilidad, así como de la vida perpetua, y la unión del cielo y la tierra. Y es que con sólo observar un árbol podemos apreciar su fuerza al enraizarse en el suelo y alzarse hacia el firmamento.

En los países del norte europeo, como Finlandia, Suecia y Noruega, enaltecían a los elementos y fuerzas de la naturaleza y por ello adornaban un árbol para celebrar el nacimiento de su dios Frey. Luego vino la evangelización cristiana que transformó dicha tradición, y así, durante el siglo 17 se comenzaron a adornar pinos con manzanas y velas en Alemania (representando la antítesis entre el pecado y la luz), cuya forma triangular y hojas que no mueren, representarían la Santísima Trinidad y la vida eterna.

Posteriormente el árbol navideño se propagaría a Finlandia, Inglaterra y España, hasta convertirse en símbolo de la espera del hijo de Dios alrededor del mundo. La estrella que se coloca en su punta representa la fe que guía la vida y las esferas son los dones que Dios ha concedido a los hombres. Sin duda, su aroma y sus luces en esta época del año nos transmiten una armonía y fraternidad como ninguna otra, y así el arbolito se queda con nosotros hasta el 6 de enero, Día de Reyes, donde en ocasiones encontramos uno que otro regalo que nos saca una sonrisa.

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