Imagina que Guadalajara quedara congelada en el tiempo y siglos después la descubrieran tal cual era. Pues eso es lo que hace a Pompeya, Italia, uno de los destinos más interesantes del mundo.

“LA MALA SUERTE SÍ EXISTE”, es lo que dirían los habitantes de Pompeya si alguien pudiera preguntárselos hoy tras quedar enterrados en cuestión de segundos. Sucedió en 79 dC cuando el Vesuvio rugió con furia, aventando toneladas de lava en la región de Campania, al sur de Nápoles.

El volcán ya había dado un aviso 17 años antes, con un fuerte sismo que obligó a muchos habitantes a mudarse a otra ciudad (ellos sí tenían suerte). Pero ninguno de los pompeyanos del aquel fatídico 24 de agosto se imaginaba que sus corazones dejarían de latir como quien apagara una vida con un interruptor. Vamos, ¡ni tiempo tuvieron de asfixiarse, según los últimos estudios!

Todo esto nos comentaba nuestra guía en el recorrido por el sitio arqueológico, a solo 20 minutos desde Nápoles, la ciudad más grande de la zona y por tanto el punto de partida más común para los tours. Algunos turistas como yo, llegamos ahí en crucero y otros lo hacen desde Roma por autobús o tren rápido (en tan solo una hora).
La guía napolitana de inmediato nos arrancó una sonrisa, sabiendo que éramos mexicanos porque según su teoría, nosotros éramos sobrevivientes de sismos y volcanes activos en nuestro país y por ello comprenderíamos la magnitud de la tragedia en Pompeya.

En un principio pensé que llegaríamos a un lugar alejado de la civilización, como suele pasar con muchas ruinas, pero nada más equivocado porque el sitio arqueológico está rodeado por la Pompeya moderna, pese al peligro inminente de vivir cerca de un volcán (como sucede alrededor de nuestro Popocatépetl).

Viaje en el tiempo
Desde la entrada comienzas a sentir la adrenalina de encontrarte con toda una ciudad desenterrada que revela cómo se vivía mientras el Imperio Romano andaba ocupado persiguiendo cristianos. Tomaron varios siglos para que descubrieran que a siete metros debajo del suelo habían 66 hectáreas de calles, casas, foros, teatros… y miles de humanos. ¡Solo ve en Google Maps la extensión de los vestigios! Fue el rey español, Carlos III quien patrocinó en el siglo 18 los primeros trabajos de excavación ¡y los estudios aún continúan!

Acompañados de la guía del tour por varias horas, nos sentimos caminando por un pueblo fantasma: todo permanece de pie, aunque sin techos, pues éstos cayeron de inmediato en el momento apocalíptico. Eso sí, te puedes dar una muy buena idea de la distribución de las calles, los comercios, plazas y casas, especialmente las de familias adineradas.

Llama la atención en particular las termas para hombres y mujeres, y hasta la zona roja (Lupanare) donde se ejercía la prostitución, tolerada por la sociedad romana de entonces. También puedes identificar el Foro Romano, donde se concentraba la actividad religiosa, económica y política, y los dos teatros de la ciudad. Curiosamente aquel día habían predios que estaban abandonados por lo que se cree que parte de la población había dejado la ciudad tras el temblor del 62 o que huyeron a la primera señal de la erupción en el 79.

Los pompeyanos atrapados en la ceniza se descompusieron y dejaron el hueco de sus cuerpos, que hechos moldes y rellenados con yeso se han podido replicar. A juzgar por sus posiciones, los científicos han concluido que no murieron por asfixia sino súbitamente bajo temperaturas entre 300 y 600 centígrados. Las réplicas en exhibición son de lo más conmovedoras. ¡Y pensar que el volcán eruptó por 18 horas continuas!

Los vestigios han sido una mina de oro para estudiosos de este sitio, declarado por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad.

¿Y el Vesuvio? Ahí sigue, vigilando mientras recorres calles y plazas de lo que quedó. Hay tours que te llevan hasta el cráter, pero yo preferí verlo de lejos. Llamémoslo, instinto de sobrevivencia.

Fotografías: Armando Dájer