Observé la “chacana” en el collar de un peruano, símbolo de la cosmovisión de los Andes que divide al universo en cielo, tierra y subsuelo, y reúne en su centro, la energía. En un viaje lleno de espiritualidad, descubrí el imperio inca, que siendo uno de los más poderosos del mundo dejó a su paso arraigadas tradiciones y creencias, y un periodo colonial que definiría el rumbo del Perú moderno.

Antes de siquiera llegar, ya podía imaginarme en el soñado Machu Picchu, descubriendo la lengua quechua y disfrutando de la papa, la quínoa, el cuyo y el pisco (la bebida alcohólica de Perú). Había leído sobre el pasado imperial del pueblo inca y cómo se entreteje con los tiempos de la colonia y la era actual, desde Lima, la capital en el Pacífico, hasta los remotos poblados de la cordillera andina. En esa travesía quería aprender sobre la cultura resultante y perderme en los paisajes de la naturaleza peruana que (vistos por aire o por tierra) parecen estar congelados en el tiempo.

TODO COMIENZA EN CUZCO

cUZCO 2Sobrevolaba montañas rojizas salpicadas de poblados de adobe y tejas, cuando el sorpresivo giro del avión anunció el aterrizaje en el Cuzco (o Cusco, como lo escriben los cuzqueños), antigua capital del imperio inca, que entre el siglo 15 y 16, llegó a abarcar hasta áreas actuales de Chile y Argentina; fue el dominio más extenso en la historia de la América precolombina. Tras tomar maletas, una señora de falda colorida me vendió hojas de coca que se mastican o se hacen té para prevenir un posible malestar por estar a 3,400 metros de altura.

Horas más tarde ya paseaba por el barrio de San Blas (o de artesanos) en pleno centro, rodeada de antiguas construcciones incas sobre las cuales se aprecian tanto vestigios de la colonia como hoteles, restaurantes y demás obras modernas. Me pareció evidente el “nuevo mundo” que los conquistadores españoles edificaron en la gran capital, tras someter al imperio y apropiarse del oro que buscaban. Un ejemplo está en Qorikancha, que alguna vez fue templo de adoración al sol, sobre el cual fue construido el Convento de Santo Domingo, y ahora es un monumental museo con hermosas vistas de la ciudad.

PeruRail at Aguas Calientes Station (Machu Picchu, Peru)

A pocas cuadras, llegué a la Plaza de Armas, donde destaca la Catedral del Cuzco, la más antigua de América del Sur, con techos blancos, suntuosos muros y un pedestal de plata como altar mayor. Observé entonces cómo los atuendos triangulares de las vírgenes guardaban similitud con las montañas adoradas por los incas, y la presencia de motivos cuzqueños en cuadros religiosos hispánicos; entonces, inevitablemente reflexioné sobre la evangelización que el colonialista, Francisco Pizarro,  inició en América.

IMG_4428El Cuzco aún siendo una ciudad de medio millón de habitantes tiene callejuelas donde podía escuchar el viento de los montes de eucaliptos de la región. En el Mercado de San Pedro, tomé delicias peruanas como la chicha morada (bebida de maíz morado) y la chicha de quínoa, y enormes panes chuta (de sabor dulce y forma de disco). La gente portaba gorros a colores y hablaba en dialectos, mientras algunos borreguitos curioseaban a su alrededor.

RUMBO AL VALLE SAGRADO

Piedras de tamaños que no había visto antes me hicieron sentir pequeña al llegar a lo alto de la montaña y encontrarme ante las ruinas de Saqsayhuamán —que unos dicen fue una fortaleza, y otros, un centro de control de agua en forma de rayo. Y mientras la carretera me llevaba entre cerros color paja a otras ruinas, como Puca Pucara y el adoratorio de Qenqo, conocí al señor Carmelo, hábil tejedor de la alpaca, que cuidaba con cariño de su llama Lucas (no es mentira que estos animales abundan en la región.)

PaulinaMás tarde, en el poblado de Pisac, encontré un mercado típico que bien parecía una fiesta de colores entre estrechas calles por las que apenas circulaban moto-taxis. La gente decía “acasito”, en vez de “aquí cerca”, y los vendedores usaban la palabra “añañao”, en vez de “bonito”, siempre con una sonrisa al hablar cálidamente a sus clientes.

A ratos, el cielo  se nublaba y hacía frío en las dramáticas montañas del Valle Sagrado de los Incas, atravesado por el río Urubamba (uno de los principales del Perú), donde la vida rural alcanza su esplendor.

IMG_0210Después de parar en un puesto de cuyo a las brasas, llegué a Ollantaytambo, donde callejuelas empedradas y
serpenteantes se colman de un silencio casi magistral, y conducen al ya más ajetreado sitio arqueológico inca de terrazas agrícolas, que cubre por completo el extremo de una montaña. Subí sus empinadas escaleras hasta lo alto, donde las montañas lo rodeaban todo; mi vista se perdió en sus tonos tierra y crestas rocosas y en los lejanos nevados de los Andes.

Ante majestuoso paisaje fue fácil comprender la energía de la chacana, el símbolo andino que continuaba apareciendo en collares, grabados y hasta tatuajes. El pasado me hizo olvidar el mundo moderno, más aún cuando Lila, mi carismática guía, me contó sobre el camino inca, que parte del Cuzco y atraviesa bosques, nieblas y escalinatas de las montañas del Valle Sagrado durante varios días, para tener como glorioso regalo, a Machu Picchu.

LA CIUDAD PERDIDA

No hay forma de describirla mejor, pues da la impresión de estar escondida en un espacio sagrado considerado el vínculo entre los Andes y la profusa selva de la Amazonia. Llegué en tren al poblado de Aguas Calientes (también llamado Machu Picchu pueblo), siguiendo el cauce del río entre continuos paredones de cordillera. Para ascender a las ruinas, tomé uno de los camiones que salían cerca de la pequeña estación ferroviaria, junto con otros viajeros que fotografiaban cada detalle.

Ya en la entrada, mostré mi boleto (hay que comprarlo anticipadamente) y subí corriendo el corto sendero que restaba para mi encuentro con Machu Picchu, una de las siete maravillas del mundo, construida por los incas hacia 1450 como centro religioso, político y administrativo. Me bastó observar aquella ciudad de piedras ancestrales ataviadas de intenso verde, para confirmar que llegar hasta ahí había valido cualquier camino y espera.

SONRISA

Machu Picchu es fascinante: las estructuras triangulares reproducen las formas montañosas adyacentes, el Templo de las Tres Ventanas indica la localización exacta de la salida del sol, y en la cima de la Colina Sagrada (denominada Intiwatana), se determina el paso del tiempo a través de los astros y las sombras. Dos sectores de terrazas agrícolas, al este y oeste, se sostienen en el acantilado, y un cóndor tallado en piedra abre sus alas como representación del mundo espiritual.

Uno también puede aventurarse en la icónica montaña de Machu Picchu (homónima de la ciudadela), y del otro lado, la de Waynapicchu, por un día entero o sólo algunas horas, pero a mí ya me esperaba el vuelo hacia la capital peruana, mi destino final. (Continúa en la siguiente página).

LO QUE LIMA TIENE QUE DECIR

IMG_4394Quedaba mucho por revelar en esta ciudad costera, alejada ya de la cordillera, cuyos barrios más visitados, San Isidro y Miraflores, denotan un ambiente cosmopolita. También había que probar el ceviche peruano, el lomo saltado, la sopa de quínoa y demás platillos que hacen de la gastronomía peruana, una delicia (justo aquí se encuentran restaurantes que encabezan las listas mundiales, como Central, y Astrid y Gastón). Curiosamente en estos mismos barrios topé de sorpresa con enormes pirámides llamadas huacas, que son restos milenarios de culturas pre inca.

IMG_0315Como segunda ciudad más grande del mundo hecha en un desierto, Lima puede llegar a ser sofocante, y aunque parece estar siempre nublada, casi nunca llueve. Así caminé por el Parque del Amor de Miraflores que se extiende a borde de la barranca con vista al Océano Pacífico, donde la gente suele hacer ejercicio y hasta volar en parapente. “Tú estás por encima del infinito mar”, leí en un muro de azulejos que, junto con muchas otras frases de amor, rodea la escultura del beso de una pareja.

Michel, un gran conocedor peruano, me llevó al centro de la ciudad o “Cercado de Lima”, que en el siglo 19 estaba IMG_4389amurallado para protegerse de los piratas. Casonas y edificios de influencia francesa muy bien preservados, ahora hacían las veces de bancos, hoteles, y restaurantes, donde destacan balcones de hermosas celosías talladas. Ya en la plaza central, entramos a la Catedral de Lima de 1538 por uno de los tres grandes portones, para admirar sus numerosas capillas (en una se encuentra la cripta del mismo Pizarro) y sus techos que recrean un cielo estrellado.

No muy lejos, en el barrio de Pueblo Viejo, el Museo Larco IMG_4433es una casona virreinal blanca del siglo 18 colmada de bugambilias que, sala a sala, me llevó por lo que bien dijo Michel, son tres mil años de historia de distintas civilizaciones, donde los incas son la punta piramidal.

Es verdad que ni el intenso pisco me hará olvidar la emoción de presenciar lo que fue aquel gran imperio, de sumergirme en una filosofía andina que enaltece a las montañas, los astros y la fauna, y en una colorida cultura que me pareció moldeada, más que demolida, por la conquista y la modernidad. En este bello tejido de tres épocas, tres visiones y cientos de fuerzas naturales, que definen al Perú que he recorrido, encontré razones para sentirme plena y regresar pronto.