“Cuando la primavera llega a París, el más humilde de los mortales tiene la sensación de residir en el paraíso”, dijo el novelista Henry Miller, pero no importa la época del año: la ciudad de la luz y del amor siempre será inolvidable.

SUCEDE QUE A VECES, más que conocer la catedral de Notre Dame, el Louvre o la Torre Eiffel, París se goza al pasear tranquilamente y sin rumbo por las callejuelas, al sentarse en típicas cafeterías a tomar un café vienoisse, y al topar con galerías de arte, tiendas de postales y libros antiguos, y jardines que parecen de castillo. También, al tomar el metro para cambiar de escenario y salir en estaciones tan antiguas como Cité (justo al centro de la ciudad) o suntuosas como Gare de Lyon (más al sureste), de una de las ciudades más soñadas —y visitadas, por supuesto— del mundo entero.
Cada atardecer baña de poesía los puentes que cruzan el Sena: Pont des Arts, antes conocido por sostener miles de candados de amor; Pont Alexander III, elegante escenario de películas y propuestas de matrimonio, o Pont d’léna, inolvidable en pareja por más que se llene de turistas que fotografían de cerca la Torre Eiffel.
Desde Pont des Arts, se puede entrar a la segunda plazuela del museo de Louvre, donde las enormes paredes del edificio rodean una tranquila fuente alejada del ajetreo; al borde del agua, una que otra pareja se sienta a disfrutar de un baguette o una crepa, mientras observa pasar a los parisinos. Luego, se puede caminar al norte, rumbo a la Opéra de París y la iglesia de la Madeleine, entre tiendas y restaurantes más modernos.
Un íntimo rincón en pleno centro de París es la Sainte-Chapelle, construida en el siglo 13 para albergar las reliquias de la Pasión de Cristo; es una capilla gótica colmada de coloridos vitrales, en ocasiones recinto de conciertos de música clásica. Desde esta área, basta caminar hacia el sur por calles como Rue des Bernardines y Rue de la Montagne-Saint-Geneviève para bañarse en la melancolía del barrio latino, igual que escritores como Hemingway y Fitzgerald; o bien, desplazarse en metro a Odeón, para disfrutar un bar a luz tenue en el callejón Cours du Commerce Saint-André.
Al norte, ya alejado del centro, el bohemio barrio de Montmartre se colma de expresiones artísticas, calles serpenteantes y escaleras que fueron inspiración de pintores como Pissarro, Modigliani y Picasso. Cualquiera se enamora al contemplar una de las vistas más bellas de la ciudad desde la basílica de Sacré Coeur (especialmente si se sube a sus cúpulas).
No es que los grandes bulevares como Champs-Élysées o Saint-Germain-des-Prés no sean románticos, pero hay calles, rincones y esquinas silenciosas en que aún se siente el paso de escritores, pintores, músicos y viajeros que han hecho de París, el paraíso de la luz y del amor. Desde la antiquísima Place des Vosges en el barrio de Marais, uno puede culminar su capítulo de viaje, con una lágrima de nostalgia y un beso de te quiero.