Si no fuera por sus ciudades, pareciera que este país del Pacífico Sur nos transportara al principio del mundo con sus desoladas regiones de humeantes, verdes y nevados paisajes, junto a miles de kilómetros de playas impecables.

CON SOLO DECIR que hay muchas más ovejas que humanos en Nueva Zelanda, ya podemos imaginarnos paisajes despoblados y extravagantes. Dividido en dos grandes islas y otras pequeñas a su alrededor, este país de Oceanía nos invita a explorar lo que parece aún inexplorado. Cual vuelo de ave recorremos dunas, valles volcánicos, verdes praderas y playas de surf del norte, hasta cadenas montañosas, fiordos y glaciares del sur.

Pero Nueva Zelanda también tiene ciudades a explorar, como Auckland y Wellington, considerada la pequeña capital más cool del mundo según la editorial Lonely Planet. En ellas se ven por todos lados los billetes de cinco dólares con la sonrisa del famoso nativo Edmund Hillary (el primer hombre en subir y bajar el Everest) y las referencias a El Señor de los Anillos, la famosa trilogía filmada en este país.

 

Isla Norte
El mar de Tasmania y el Océano Pacífico se encuentran cara a cara en Cabo Reinga, al extremo norte de la isla, donde un gran faro vigila la confrontación de dos aguas, entre verdes montañas y playas desiertas. Muy cerca, las ráfagas de viento esculpen las Dunas Gigantes de Arena de Te Paki que se extienden cual desierto sin fin; tanto, que uno se olvida que el azul intenso del mar está muy cerca.

Por eso, decir que cada paso es un escenario nuevo resulta creíble en Nueva Zelanda, pues se evidencia la belleza de una de las plataformas continentales más antiguas del mundo. Más aún, se baña en el misticismo de los maorís, la etnia polinesia que, gracias al navegante Kupe guiado por las estrellas y las corrientes oceánicas, llegaría a este remoto territorio hace mil años y lo llamaría Aotearoa, es decir “Tierra de la Gran Nube Blanca”. Por cierto que se dice que la cultura maorí es de las más puras que existen, pues sus rasgos se han mantenido intactos con el paso del tiempo.

Danzas maorí en New Plymouth, Taranaki. Fotografía: James-Heremaia

En la porción norte de la isla nos internamos en el bullicio y las luces de Auckland subimos a su SkyTower, para apreciar la ciudad desde el punto más alto; visitamos pingüinos y tiburones en el Mundo Submarino y Encuentro Antártico de Kelly Tarlton, y bailamos con la cultura maorí en las actuaciones diarias del Museo de Auckland. Después navegamos entre sus canales, hacia la islas Kawau y Great Barrier, donde fuentes termales nos dieron una probadita de lo que nos esperaba en nuestro siguiendo destino.

Vista del Sky-Tower con visitantes realizando el “sky walk” en la ciudad de Auckland.

Atardecer en Auckland. Fotografía: Chris McLennan

A menos de cinco horas de camino en la Isla Norte, llegamos a Rotorua, ciudad geotérmica por excelencia, conocida por las aguas medicinales que surgen en pleno valle volcánico de Waimangu. Las cascadas emiten vapores calientes en Hell´s Gate, y los géisers disparan agua como lo hacen las ballenas al respirar. ¡A esto me refiero cuando hablo de regiones humeantes! Y si deseas aventurarte en otra experiencia volcánica es posible tomar un vuelo corto en hidroavión hasta la Isla White, el único volcán activo del país.

Vista aérea de la Isla White, en Bay of Plenty. Fotografía: Chris Sisarich

Pasando por lagos cristalinos como Taupo y diversos parques nacionales, llegamos a Wellington, en la punta sur de la Isla Norte. Ahí entramos en convivencia con una ciudad que se desarrolla a ritmo y gusto propio, entre contrastes de arquitectura antigua y el color y movimiento de la modernidad. En la capital más al sur de todo el mundo, uno disfruta mucho la caminata por el puerto, o la convivencia en los bares y restaurantes de las calles Courtenay Place y Cuba Street, paladeando vinos de Wairapapa, una región vitivinícola que se puede visitar por uno o varios días para catar su producción. Entre otras actividades en la ciudad, asistimos al museo interactivo Te Papa Tongarewa, que narra la historia del país y ahonda sobre la cultura maorí, el arte y los encantos naturales de Nueva Zelanda.

En Wellington si uno simplemente deja ir la mirada hacia el horizonte, es imposible no toparse con las montañas nevadas de la Isla del Sur, al otro lado del estrecho de mar. Para llegar a ella subimos al ferry.

Isla Sur
Parece esculpida por su clima de bajas temperaturas y el constante movimiento de sus placas terrestres a lo largo del tiempo. Muy distinta a la Isla Norte, el cambio de latitud vuelve a sorprendernos con un entorno de montañas nevadas, fiordos, rutas alpinas, y hasta glaciares.

Unos días en la artística ciudad de Nelson, frente a la Bahía de Tasmania, nos llevan por restaurantes de alta cocina, tiendas de artesanías, construcciones de madera tipo cottages –en la emblemática South Street– y un ambiente relajado. Desde aquí podemos escabullirnos a tres grandes parques nacionales, diversas rutas de ciclismo y senderismo, y paseos en bote por los fiordos de la zona. O bien, brincar a la Isla Conejo para disfrutar de un muy pacífico picnic a orillas del mar.

Arts Festival en Nelson. Fotografía: Scott Venning

Christchurch en la zona central, despide un aire inglés con su arquitectura, su buena vida nocturna en los bares de Pop Up City, y entretenidos paseos por mercados agrícolas de la región de Canterbury. Y no saldremos de esta ciudad sin sentirnos en medio de una “tormenta antártica”, con la representación que brinda a los visitantes el Centro Antártico Internacional.

ChristChurch. Fotografía: Julian Apse.

El sur de la isla es idóneo para quienes aman la aventura y no tienen inconveniente en pasar la noche en pequeños albergues o casas de campaña. Si bien hay poblaciones con lo necesario para no sentirse en medio de la nada, lo atractivo de la región es lo que la naturaleza solo ofrece aquí. Podemos realizar, por ejemplo, una travesía por la montaña más alta de Nueva Zelanda, Monte Cook (3,724 msnm), o incluso, con experiencia en alpinismo, llegar a su cima de este y otros montes alpinos del Parque Nacional del Monte Cook, o del Parque Nacional del Monte Aspiring. Vale la pena visitar el glaciar Tasman, en un escenario donde el hielo lo cubre todo, tanto el agua como nuestra mirada entumecida.

Glaciar Tasman en Monte Cook. Fotografía. David Wall.

Como país de exploración, deporte y aventura, Nueva Zelanda encabeza las listas mundiales, con 14 parques nacionales y poco más de 2 mil kilómetros de carretera de norte a sur. Lo describo como magnificente: tanta tierra por recorrer, con una población apenas cercana a los 5 millones, donde el aire es más ligero, el sol más intenso y el viaje quisiéramos que nunca acabara.