Distinta cada día, esta fortaleza forma parte de la magia e historia de la Francia normanda, un viaje al pasado, digno de novela romántica.

DIFÍCIL NO sorprenderse ante el cambiante escenario de Mont Saint Michel, cuya abadía fortificada en lo alto de una isla rocosa, a ratos se encuentra rodeada de enormes extensiones de arena y campos verdes, y a ratos sólo de mar. Así que habrá momentos en que uno pueda llegar a este lugar caminando por la playa, y otros, recorriendo el puente-pasarela sobre el agua; todo depende de la magia de una de las mareas más altas de toda Europa.

Imaginemos, pues, esta ciudad amurallada, con callejuelas, pasadizos empredrados, pequeñas casas y paredones de ladrillos en tonos tierra, en cuya cúspide se alza una abadía que exalta el poder religioso característico del medievo. Mientras subimos por la Grand Rue, topamos con tiendas, restaurantes y terrazas donde se puede apreciar los infinitos paisajes de la bahía. Y hay que procurar estar ahí cuando comienza a subir la marea desde la lejanía, ¡a la velocidad con que galopa un caballo! (También, puedes consultar las fechas del “macareo”, cuando una ola única va cubriendo la superficie).

La ligera brisa salada golpea nuestras mejillas, mientras llegamos a lo alto de Mont Saint-Michel, para explorar la abadía benedictina que en su comienzo fue sólo una capilla dedicada a San Miguel Arcángel. Ahora, está compuesta por la iglesia de techos góticos, las criptas, y los edificios monásticos, entre los que se encuentra un claustro de hermosos pilares que rodean los jardínes, entre otras salas.

Si la bruma invade el panorama, uno siente que viaja a través de la historia de la región, tan lejos como para conocer al famoso vikingo Rollón, al asentarse en estas tierras hacia el siglo 9 y convertirse en el primer duque de Normandía; también, a su hijo y sucesor al poder, Guillermo el Conquistador. O quizás para admirar el escenario del Día D, cuando cientos de soldados desembarcaron en estas mismas playas tras cruzar el Canal de la Mancha, en lo que sería el comienzo de la liberación de Europa Occidental de la invasión nazi, apenas el siglo pasado.

Al caer la tarde y alejarnos del lugar, seguramente volveremos la vista una y otra vez hacia la punta más alta de la abadía, con el fin de guardar la imagen en nuestra memoria (especialmente si el cielo se pinta de colores). Lo bueno es que este lugar –Patrimonio de la Humanidad– se encuentra a menos de 4 horas de París, en coche particular, en tren local o en uno de los muchos tours organizados. Y apuesto a que cada vez que volvamos, el escenario será diferente.