Don Quijote, que luchaba contra molinos de viento, no creería la bendición que éstos han sido para los holandeses.

LOS MOLINOS de viento han servido a Holanda mucho más que para embellecer los colo-ridos campos de tulipanes: la han salvado de inundaciones, —la mayoría del territorio se en-cuentra bajo el nivel del mar— y servido para cultivar la tierra y moler granos, entre otras cosas.

La lucha constante de drenar el agua de las tierras, dio como resultado la aparición de más de mil molinos de viento por todo el territorio holandés, y aunque parezca difícil de creer en este tiempo de avanzada tecnología, algunos de estos siguen trabajando como hace siglos. Tal es el caso de los 19 molinos en Kinderdijk, una zona fascinante que presume ese típico paisaje holandés que tanto imaginamos y además nos dan la oportunidad de acercarnos a ver cómo funciona el sistema de drenaje del agua. Por supuesto que la UNESCO ya la tiene incluida en la lista de Patrimonio de la Humanidad.

Aunque no tan desafiantes como los imaginó Don Quijote, pero sí imponentes, son los enormes molinos de viento de Schiedam, una pequeña ciudad entre Róterdam y La Haya. Son los más grandes del mundo y sus aspas que sobresalen por sobre los techos de las casas, indican claramente el sitio donde se encuentran estos cinco colosos. Como nota adicional en Schiedam se encuentra el Museo de la Jenever (ginebra holandesa), bebida alcohólica en la que también tienen mucho que ver el trabajo de los molinos.

Amsterdam es una ciudad que atrapa y envuelve con su encanto, pero vale la pena desprenderse algunas horas para visitar Zaanse Schans, una zona con molinos y lo más parecido a lo que era la vida en Holanda en los siglos 17 y 18; pequeñas casas, granjas, productos artesanales y hasta ovejas que pastan tranquilamente sin imaginar que están junto a unos desaforados gigantes, como le diría Don Quijote a Sancho Panza.