EN MIS VIAJES A LA CIUDAD DE MÉXICO, de vez en cuando me da por internarme en el mundo surrealista del metro: entrañas de interminables pasillos, plataformas y vagones, donde a diario circulan millones de capitalinos.
Un día de enero, me sorprendió una pareja de payasos y no por sus vistosas prendas -que lo eran-, sino por ese envidiable lazo de unión que los tenía tomados de la mano pacientemente esperando al tren. Por un momento pensé que estarían haciendo un performance o algo así. Pero no; estaban trasladándose, quizás a una fiesta infantil. A dondequiera que se dirigían, me quedó claro que su amor no es una payasada -Ale Rubio.