Caminos de arena entre el bosque tropical, árboles sacados de un mundo de gigantes y playas eternas encontramos en Fraser Island, la isla de arena más grande del mundo.

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Me pareció que eramos los únicos habitantes de la Tierra al estar recorriendo caminos de arena bajo la constante sombra de árboles ancestrales y el silencio que apenas se rompía con el cantar de un ave. Chispeaba, y el frío que se colaba al interior de nuestra gran troca todo terreno (como sacada de una exploración de Jurassic Park) nos obligó a usar mantas y abrigos durante las primeras horas del trayecto rumbo a las entrañas de la paradisíaca isla de Fraser, en la región de Queensland, al este de Australia.

img_2804Paisajes y colores comenzaron a cambiar conforme salía el sol, manteniendo alerta mis sentidos. Lo que comenzó en la ciudad de Noosa Heads ahora continuaba hacia otra realidad: a mi lado izquierdo se alzaban paredones de intensos colores tierra, y a mi lado derecho reventaban las olas, unas más lejanas que otras, en un mar lleno de furia. Los kilómetros fueron mágicos sobretodo al atravesar Rainbow Beach; luego, la tierra continental terminaba en una esquina de arena, donde subimos al transbordador para cruzar las aguas hacia la isla.

La isla de Fraser era sin duda enorme, pues si a uno se le ocurre caminar un poco se da cuenta que no llega a ninguna parte. Aquellas eran autopistas de arena prácticamente. Nuestra troca continuaba veloz sobre la llamada Seventy-Five Mile Beach, y se introducía en senderos de terracería un tanto curvos para topar con los pequeños ríos de agua pura que brotan en la zona. De pronto veía algunos campamentos que se habían instalado en medio de la nada (literalmente) por semanas o hasta meses para disfrutar de la pesca y, sobretodo, de la paz mental y espiritual que se siente al estar perdido en tan remota realidad.

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Como a propósito, un sol intenso hizo su aparición justo cuando llegamos al lago Mckenzie, para que el color de sus aguas brillara y nos deslumbrara de una vez y para siempre: sus orillas azul turquesa eran un perfecto contorno que contrastaba con el azul rey del interior. La realidad es que me la pensé dos veces antes de nadar en este hermoso lago, pues ¡estaba helado! Pero poco parecía importarle a los demás viajeros que entraban y salían del agua felices. Y cómo no, si una vez adentro me vi rodeada por el bosque tropical, bañada de sol… flotando en una especie de agujero negro, cuya profundidad me daba escalofríos y, a la vez, me inspiraba libertad.

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Los dingos son una especie protegida en la isla, por lo que se prohíbe el ingreso de perros para así evitar su cruza.

Más tarde nos sentamos en unas mesas largas de madera que se encontraban en medio del bosque, protegidas de los dingos (una subespecie del lobo) que aunque parece son animales muy famosos en la isla, no me tocó ver ninguno. Comimos unas tortillas de maíz con vegetales (algo parecido a los burritos) acompañadas de agua y té, y compartimos anécdotas y sueños con otras personas que parecían tener nuestra misma energía: esa que me gusta definir simplemente como “vivir la vida y descubrir sus detalles apasionadamente”.

Mientras explorábamos la densa vegetación de gruesos y altísimos árboles y helechos, fue curioso imaginar cómo todo aquello había crecido en un suelo de arena pura – hay que recordar que es Fraser la isla de arena más grande del mundo – . Ya estábamos fascinados y había aún tantos rincones que guardaba este lugar: playas eternas, decenas de lagos cristalinos, restos de naufragios, antiguos vestigios de aborígenes, y hasta uno que otro resort escondido para pasar la noche.

En el pasado, la tribu local llamaba a esta isla ‘K’gari’ que significa ‘Paraíso’, y para mí lo era. Lejos de la civilización, las horas del día pasaban muy rápido en un lugar donde contar el tiempo es lo menos importante.

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