No serán gatos de concurso ni razas exóticas, pero vaya que en Estambul son mimados como en ningún otro lado he visto.

CUANDO LLEGUÉ a la antigua Constantinopla, hoy Estambul, estaba muy emocionado porque deseaba ver la ciudad del mundo donde el Oriente se encuentra con el Occidente, acaso separados por el estrecho del Bósforo.

Fue entonces que me llevé una inesperada sorpresa al advertir en la ciudad los gatitos callejeros que obstinadamente salían a mi paso mientras me dirigía a conocer alguna mezquita, mercado o el Bósforo y sus puentes. Pensé que era mera coincidencia. ¿Quién vería en un mismo día varios de ellos? Ya para la segunda y tercera jornada estaba claro que había visto una cantidad como nunca antes en una ciudad.

Yo que amo a los gatos estaba de lo más feliz: mis anfitriones felinos se habían convertido en un atractivo adicional a la ya de por sí fascinante ciudad turca. Curiosamente estos peludos habitantes son parte de la vida cotidiana y están tan acostumbrados a interactuar con los estambulitas que actúan como si fueran mascotas de los 15 millones de habitantes, sin huir, sin mostrarse reacios y sin preocuparse por el alimento, pues cualquiera les obsequian mimos y alimento. Incluso si un gato del barrio necesita un veterinario no falta el que reúna fondos entre vecinos o clientes para llevarlo a curarse.

Esta fotografía la tomé en una de las avenidas más transitadas, entre turistas, tranvías y comerciantes.

Como a Estambul le sobran recovecos, los gatos disfrutan de innumerables escondites, aún si se trata de una mezquita, donde no es mal visto que deambulen en ellas.

La mayoría de los turcos, al igual que en otros países que profesan la religión musulmana, admiran a los gatos pues el propio Mahoma les tenía cariño. Una anécdota relata que uno de ellos salvó al profeta de la mordedura de una serpiente y a cambio él le concedió la habilidad de caer siempre con las patitas sobre el suelo.

¿Por qué tantos?

Entre las teorías sobre la razón de esta nutrida población de gatos la más posible tiene relación con los barcos llegados de todo el mundo. Antiguamente en las embarcaciones cargadas de alimentos las plagas de ratones se controlaban transportando mininos que al llegar al puerto daban el brinco a tierra firme (nada increíble dada su atlética condición).

Aquí uno de los gatitos a las puertas de un comercio:

Posteriormente, con el sistema de drenaje construido durante el Imperio Otomano, estos mamíferos también ejercieron la importante función de mantener a raya a los ratones de la ciudad.

Si a ello agregamos que la religión musulmana promueve el amor a los animales y que la población siempre ha procurado que los pequeños habitantes tengan agua y alimento, no temo afirmar que Estambul es el paraíso terrenal de cualquier gato en todo el mundo.

La pasión por los felinos motivó al director estambulense Ceyda Torun, a realizar una película documental sobre la visión que tienen los propios gatos de Estambul. El nombre de la película: Kedi (2016)… que significa “gato” en turco. Aquí el trailer oficial: