MUY DE MADRUGADA iniciamos el ascenso a esta desafiante montaña mexicana, partiendo del campamento que montamos en La Joya, a casi 4 mil metros de altura.

LOS PRIMEROS PASOS siempre me parecen los más difíciles, pues el camino comienza con una súbita pendiente, el frío se cuela por entre la ropa y la única luz proviene de nuestras linternas de cabeza. Horas después llega el sol, y hay que seguir a pesar del dolor en las piernas y la falta de aire que hace que el corazón vaya muy de prisa (aún yendo a paso tranquilo).

Tenía barras de amaranto, nueces, almendras y varios litros de agua para mantenerme con energía. Y como esta montaña es “la mujer dormida”, subir hasta sus rodillas es apenas una meta; desde allí, continuamos hasta la cima absoluta que son los pechos, a 5 mil 230 metros de altura, no sin antes pasar por el llamado Valle de Venus que, cubierto de nieve resplandeciente, parecía sacado de mis sueños.

En ocasiones, la cima se encuentra despejada de nubes y se puede apreciar los contrastes que ofrece el paisaje: caminos terregosos, acantilados cubiertos de nieve, y compañeros montañistas caminando a la lejanía. Pero esta vez, justo cuando llegamos, una densa neblina lo fue cubriendo todo. Entonces, apenas descansamos unos minutos, tomamos unas fotografías junto a las banderas de distintos países que ahí se encuentran, y nos dimos un breve abrazo de celebración, cuando ya era momento de emprender el descenso.

¡Y por más que uno vaya de bajada, no resulta sencillo! Las horas se volvían infinitas porque sólo iba pensando en llegar al campamento, a comer y dormir. Mis piernas, sin embargo, iban flaqueando y querían sentarse ahí, en medio la nada… mis ojos querían cerrarse, y la poca energía que me quedaba me ponía al borde de la risa y el llanto a cada minuto que pasaba.

Finalmente de regreso, agradezco la aventura. Una vez estando bajo el calor de hogar, me daba la impresión de haber regresado de otra realidad, de un mundo paralelo de silencio y majestuosidad. La naturaleza nunca antes me hizo sentir tan frágil y pequeña, y a la vez tan fuerte al rebasar mis límites físicos y, sobretodo, mentales. Hay que tenerle respeto a las montañas, porque también tienen furia y peligros; hay que ir siempre con cautela, preparación, un buen guía y muchas… muchas ganas.

Fotografías: Paulina Luquín