Ocupada por distintas civilizaciones a lo largo de la historia y destruida en más de una ocasión, Budapest es el corazón de Hungría dividido por las aguas del Danubio. Tras su apertura al mundo en los noventa, la ciudad es una de las más visitados de Europa y reconocida entre las más bellas del mundo.

Close up lion statue at the Chain bridge, Budapest, Hungary. Black and white image

Grandes leones de piedra resguardan la ciudad desde el Puente de las Cadenas, uno de los más famosos del mundo, que cruza el río Danubio y une lo que hasta 1873 fueron dos ciudades: Buda, de coloridas colinas y extravagante arquitectura, y Pest, cosmopolita y comercial.

Al llegar a la ciudad, fui a degustar el tradicional goulash húngaro (guiso de carne y vegetales sazonado en especias como la paprika), y el pálinka, un brandy destilado a partir únicamente de frutos. Después caminé por la Avenida Rákóczi, que corre hacia el río, y quedé admirada con los edificios colmados de detalles cuyo desgaste remontaba a otras épocas.

Budapest tiene una larga y trágica historia. Sus tierras alguna vez fueron ocupadas por romanos y nómadas asiáticos, hasta la llegada de las siete tribus de magiares que reinaron Hungría encabezados por el rey Esteban I. Hacia el siglo 13, la ciudad fue destruida por los mongoles, y más tarde tomada por los turcos. Fue hasta la ocupación austrohúngara que ganó relevancia como segundo corazón del imperio, aunque fue nuevamente destruida por los ataques soviéticos de la Segunda Guerra Mundial.

En los años noventa, tras la caída de la Unión Soviética, Budapest tuvo un cambio radical que hoy día se aprecia en sus cadenas hoteleras modernas, tiendas de diseñador, y cientos de cafeterías y restaurantes; además del húngaro, que cada día es más abierto al visitante.

Lo mejor de Pest

En las calles de Pest conviven diversos estilos como el barroco, el neoclásico y el Art Noveau, en un verdadero eclecticismo. Mientras que en una de las avenidas principales me deslumbraba la elegante estación central de trenes KeletiPályaudvar, en otra, la Gran Sinagoga, la segunda más grande del mundo. Y en tal composición, uno de los mejores ejemplos de la esencia húngara es quizás el colorido Mercado Central, donde se aprecia la gastronomía y las costumbres.

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Caminando al borde del Danubio, llegué en pocos minutos al Parlamento de Budapest, el tercero más grande del mundo. Con 691 habitaciones, el edificio es el centro del poder político del país, y un deleite arquitectónico color perla. También, muy cerca está la Basílica San Esteban, con su enorme cúpula verde que alcanza los 96 metros de altura.

Por la arbolada Avenida Andrássy, declarada Patrimonio de la Humanidad, disfruté de un festín de fachadas de finales del siglo 19, hasta llegar a la Plaza de los Héroes donde se conmemora a los líderes de las siete tribus fundadoras de la ciudad. Esta explanada es también entrada al Parque de la Ciudad, una gran área de lagos que abriga al Museo de Bellas Artes y bares al aire libre, donde se sirven enormes tarros de cerveza.

Pest se puede recorrer a pie, en autobús, metro, o tranvía; también en bicicleta en carriles exclusivos para su uso, incluido uno justo al lado del Danubio. También puede conocerse desde el río mismo, en embarcaciones que ofrecen desde trayectos sencillos hasta cenas románticas con música en vivo.

Los montes de Buda

Ungarn, Budapest. Kettenbrücke und Donau. Die Kettenbrücke ist ein Wahrzeichen der ungarischen Hauptstadt.

Buda me pareció bastante distinto a Pest, empezando porque está sobre los montes. Los funiculares suben y bajan a propios y extraños frente al Puente de las Cadenas, para callejear por mansiones renacentistas y barrocas en las alturas, y visitar la Iglesia de Matías, donde han sido coronados todos los reyes húngaros. También, el Bastión de los Pescadores, una fortaleza casi blanca sacada de un cuento, con siete torres en forma de conos que mira hacia el río.

En esta misma colina está el Castillo de Buda (o Palacio Real), el emblemático —y ciertamente imponente— edificio coronado por una cúpula verde, cuyo bloque central es la Galería Nacional Húngara.

Ya un poco más al sur, resalta el jardín de Gellérthegy en la colina contigua. Subí por sus frondosos caminos hasta la Ciudadela, una fortaleza construida como punto de vigilancia a más de 230 metros de altura, en donde conseguí varias fotografías de postal.

Para terminar el día me di gusto con unos bizcochos de la tarta dobos (con chocolate y caramelo glaseado) y somlói galuska (cubiertos de nata y salsa de chocolate); también me sedujo el sabor del vino húngaro producido en la región, y servido en restaurantes de Budapest; ahí estaba yo admirando con una copa en mano el atardecer que cada día hacía resplandecer a la ciudad y sus inmóviles leones, cual verdadera perla del Danubio.