Coloridos barrios, gente afable y pintorescos tranvías conviven en la capital portuguesa de ánimo naviero, siempre bajo la mirada de su imponente castillo en lo alto de la colina.

SOBRE SIETE COLINAS al borde del río Tajo, se alza la Lisboa de callejones escalonados y fachadas color pastel. Calidez de clima y de gente, como buena ciudad del sur europeo. Aquí se anda en tranvías amarillos de barrio en barrio, mientras se disfruta de pintorescas vistas desde los miradores, y se pausa el tiempo en las cafeterías, al paladear los típicos pasteles de Belém. LISBOA3
Justo su río ha hecho de Lisboa un puerto comercial importante en Europa a través de los años. Fundada alrededor de 1,200 a.C. por los fenicios, fue también ocupada por griegos, árabes y romanos, cambiando su nombre en diversas ocasiones. Durante la Reconquista Cristiana iniciada en 1147, árabes musulmanes y cristianos coexistieron y lucharon en el territorio peninsular de Portugal, hasta que se independizó como reino y proclamó a Lisboa como su capital. De hecho, hoy día se pueden visitar algunos restos fenicios (recientemente encontrados) o toparse con murallas romanas en plena ciudad.

El que mira desde lo alto como una de las edificaciones más antiguas de Lisboa es el Castillo de San Jorge que, junto con el barrio de Alfama donde se encuentra, conserva la influencia árabe, al igual que los muros que abrazan la ciudad llamados Cerca Moura.

LISBOA5.fw
No es posible continuar hablando de esta ciudad de colores y culturas sin enfatizar la navegación. Uno de sus más importantes periodos fue el de las exploraciones que encomendaba la realeza portuguesa a países como India, África y Brasil.

En 1500, el navegante Vasco de Gama descubrió este último, y la riqueza hallada fue esencial en la construcción de emblemáticos edificios de Lisboa. Como ejemplo está el Monasterio de los Jerónimos de Belém, donde se aprecian esculturas y motivos del mar, y su iglesia anexa hospeda los restos de Vasco de Gama, y figuras como el poeta Fernando Pessoa. Y a la cercanía, la

Torre de Belém, que surge del río como antigua fortaleza protectora del puerto.
Que no haya mayor legado histórico en Lisboa es consecuencia de una serie de terremotos que barrieron gran parte de la ciudad hacia el siglo 18. Por ello, al caminar por su centro se viaja precisamente a esa época. En el barrio de La Baxia, las calles son adoquinadas y numerosos azulejos decoran las fachadas. También ahí, se encuentra el Elevador de Santa Justa, un monumento tipo industrial de 15 metros de altura, que además de presumir su contrastante arquitectura, tiene una vista de 360 grados de la ciudad.
Por la noche (que la noche lisboeta tiene su fama) se sale a los bares y clubes nocturnos con vista al río, en barrios elegantes y bohemios como el Barrio Alto o el Chiado –“el Montmartre de Lisboa”–. Incluso en Alfama, diversos lugares se desvelan al son del Fado, la música tradicional portuguesa de canto con guitarras.

LISBOA4
Y si de la época contemporánea se trata, el Parque de las Naciones es el área más nueva de la ciudad, de grandes comercios y residencias que no pierden la esencia lisboeta pues su arquitectura se inspira en elementos marítimos. Un acuario, un centro comercial, y un casino, junto con un escenario de conciertos y un museo de ciencia y tecnología son los atractivos.
Por supuesto, Lisboa es moderna sin perder su espíritu de puerto tranquilo. Pareciera que su gente anda a paso desacelerado en comparación con otras grandes ciudades de Europa; portugueses conviven con brasileños y migrantes de colonias africanas, creando así una mezcla étnica interesante y llena de energía.
Si visitas Lisboa, de inmediato notarás que es una mixtura de culturas, y escenario de tonalidades que mira siempre hacia la desembocadura del Tajo en el mar.

LISBOA2