En la capital colombiana es inevitable contagiarse con la alegría de su música, su gente y su sabor.

CIENTOS DE PALOMAS revoloteaban de un lado a otro en la Plaza de Bolívar, justo frente a la Catedral Primada en pleno centro de Bogotá. Aquella tarde, las nubes cubrían el cielo de la capital colombiana, mientras apreciábamos la elegancia de sus edificios en tonos tierra y sus calles adoquinadas, además de la moda que viste su gente, la bella sonrisa de sus habitantes y las expresiones tan distintas a las nuestras que a veces ni entendíamos.

La deliciosa sopa ajaico se disfruta en todo Colombia, pero la versión de Bogotá tiene su propia preparación.

En más de una ocasión terminamos bailando en plena calle al ritmo del vallenato, estilo Carlos Vives, y de la folclórica cumbia que se escucha por todas partes. Como la música y el baile se llevan muy bien, disfrutamos también de tamales de maíz con pollo, garbanzo y hasta tocino, y de la típica sopa ajaico de legúmbres y diversas carnes, en varios de los restaurantes del barrio de La Candelaria.

Ya sea que la recorras a pie o en tranvía, La Candelaria es el lugar perfecto para perderse sin prisa entre callejuelas angostas, mansiones coloniales, fachadas y murales coloridos, galerías de arte y cafeterías independientes. Más de una vez los vendedores ambulantes nos ofrecieron réplicas de Fernando Botero –el inconfundible colombiano, pintor y escultor de figuras rechonchas –, y claro que no dudamos visitar el museo que enaltece sus obras, ubicado en esta zona.

El barrio de la Candelaria es uno de los más pintorescos de la capital colombiana.

A pocas cuadras había que deslumbrarse en el Museo de Oro con los medallones de diversos tamaños, las joyas que me imaginaba pertenecieron a mujeres de otras épocas, y las esculturas indígenas tan detalladas. Las aproximadamente 34 mil piezas conforman la colección de orfebrería prehispánica más grande del mundo – ¡todo de oro evidentemente!

Una de las piezas de oro más valiosas que se exhibe en el Museo del Oro de Bogotá,

Una mañana templada decidimos subir el cerro de Montserrate, cuya iglesia parece vigilar el ajetreo de la ciudad y la paz de las montañas colindantes. Caminamos cerca de 3 kilómetros por el empedrado de estrechas y pronunciadas curvas, que corredores y ciclistas se han empeñado en devorar para romper los récords de ascenso, y numerosos peregrinos han recorrido descalzados en silencio u oración.

Relajados en la cima, observábamos los tejados del centro de Bogotá que contrastaban con los modernos edificios del Centro Internacional.

Justo en aquel momento, una pareja colombiana comenzaba a presumir sus talentos de baile en una esquina; sonreían y nos contagiaban con su alegría, tanto que en una de esas comenzamos a bailar.

Edificios gubernamentales en la zona céntrica de Bogotá.

La metrópoli nos hizo disfrutar de su gente y buen ambiente de espíritu artístico que baña las calles a ritmos acelerados. Si la visitas, vívela a tu propio ritmo y siempre con una buena taza de café.