ERAMOS POCOS los pasajeros de aquel tren entre Toulouse y los confines del sudoeste de Francia, en la Bigorra. Disfrutábamos la vista de los extensos pastizales poblados de vacas y becerritos, y las llanuras de cultivo, nutridas por numerosos riachuelos. “En Trébons se cosechan excelentes cebollas y en Tarbes, un frijol blanco muy apreciado por su textura”, me aseguraba con orgullo Pierre, mi compañero de asiento, como si él mismo los cosechara. Por telón de fondo, la omnipresente muralla de los Pirineos, la frontera natural entre el país galo y la península ibérica.
De pronto, el aeropuerto Tarbes-Lourdes irrumpe aquel paisaje, con decenas de grandes aeronaves de Airbus, el fabricante a menos de una hora de distancia. “¿Sabes? Ese es el estacionamiento de aviones más grande de Europa”, dijo Pierre apuntando a los A380s. Ahí, entre vacas pastando, cultivos de cereales y la belleza de las montañas, estos titanes de acero aguardan vestidos de blanco a un comprador para volver a los cielos de algún lugar lejano… uno quizás más urbano y excitante. “Pero aquí, en esta tierra silenciosa me bajo yo”, me dijo feliz y triunfante mi compañero de viaje occitano.

tagged in Bigorra, Francia