Camino entre edificios de muchos ayeres y de hoy para darme una idea de lo que fue y sigue siendo un faro en la historia de la humanidad: Atenas, la ciudad milenaria que no se cansa de asombrar a quien la visita.

BIEN DICEN QUE ningun viaje a Europa está completo sin Atenas, la capital griega que ha estado ahí por tres milenios y cuyo impacto en el mundo Occidental llega a nuestros días de tantas maneras que se refleja hasta en el propio idioma que hablamos. Con semejantes cartas credenciales, hacía mucho que quería conocerla, aunque en realidad no sabía exactamente qué esperar de ella.

La imaginaba como una extensión de la Acrópolis, la gran ciudadela con su Partenón, quizás con algún toque de modernidad. Pero cual fue mi sorpresa que me encontré con una zona urbana de casi 5 millones de habitantes, con las virtudes y vicios de las grandes ciudades: interminables edificios, algunos ultramodernos, enmarañados entre calles y tráfico pesado, abrazando los cerros casi hasta sofocarlos. Sin embargo también están los cafés y restaurantes, las calles arboladas, la vida bohemia bajo el sol mediterráneo y la alegría de los atenienses.

Por debajo corren tres líneas futuristas del metro y por encima atraviesa el no menos moderno tranvía eléctrico. Por las aceras se observan los atenienses, algunos de ellos parecidos a las representaciones pétreas de la antigüedad. De pronto se ve un sacerdote de la Iglesia ortodoxa en su sobrio hábito negro o uno de los guardias presidenciales (evzones) ataviado con su colorido uniforme de falda y pompón en el zapato, resguardando lugares como el Parlamento Griego frente a la Plaza Sintagma.

A conocer el Mundo Antiguo
Para recorrer Atenas hay quien usa los autobuses de hop on & off, pero mi agente de viajes me recomendó una guía con traslado a la Acrópolis, para llegar a primera hora, tener acceso prioritario y recorrer las ruinas del sitio arqueológico más famoso de Grecia, sin las multitudes habituales. Tuvo mucha razón porque fue muy placentera la visita llevando nuestro propio ritmo.

Para mi fueron tres sorpresas las que me llevé en la ciudadela: primero, las propias ruinas, por supuesto, que aunque no están igual de intactas que nuestros vestigios mesoamericanos, resulta asombroso ver piedras que los hombres levantaron 450 años antes de Cristo. Igualmente impresionante fue apreciar el trabajo cuidadoso que los arqueólogos griegos están haciendo para reconstruir el Partenón, originalmente creado para celebrar la conquista sobre los persas. Puedes ver cómo ahí mismo están armando cual rompecabezas 3D este monumento a la diosa Atenea, usando las piedras originales, cuando las hay, y otras de color más claro para que se distinga lo que no es auténtico. Por último está la impresionante vista de la Atenas moderna, con edificios que se pierden en el horizonte, y la ubicación del cerro, desde donde se podían vigilar los cuatro puntos cardinales y defenderse de las constantes invasiones. Todo esto, con el telón de fondo del intenso azul del Mediterráneo y del cielo si la contaminación de la metrópolis lo permite.

Además de la Acrópolis se hace un lugar entre el cemento urbano la colina de Ares, en cuya cima los filósofos le pidieron a San Pablo que les explicara las enseñanzas de Jesucristo. Otra elevación importante es la del Monte Licabeto, el de mayor altura de la ciudad, al que puedes subir por funicular y admirar atardeceres.

A las faldas de la Acrópolis está el Odeón de Herodes Ático, un teatro acústico construido en 161 d C, donde se celebró el Miss Universo 1973, un concierto magno de Yanni y la despedida de la gran cantante griega Nana Mouskouri. Al lado está el Teatro de Dionisio, el más grande de la Antigua Grecia. Ahí se presentaron las grandes tragedias de Eurípides, Sófocles y Esquilo. Confieso que se me erizó la piel de solo imaginar que en aquel lugar, siglos atrás, el pueblo se reunía en esas mismas bancas conociendo por primera vez obras que perdurarían para la eternidad.

Trecientos metros al sur del Partenón está el Museo de la Acrópolis, inaugurado apenas en 2009. Es orgullo del país y con justa razón porque el edificio tiene una arquitectura espectacular y usa tecnología de punta para salvaguardar una de las colecciones más significativas del mundo, con piezas que datan del siglo 6 a. C. en adelante. Destacan las cariátides del Erecteion (fotografía página opuesta) y si algo deja en claro el gobierno griego es que en este lugar esperan algún día recuperar los vestigios que salieron del país, especialmente de Inglaterra.

Más allá de la Acrópolis
En los alrededores, es común ver restos arqueológicos, entre construcciones nuevas, y un par de monumentos que corrieron mejor suerte como el Ágora de Atenas, donde Sócrates y Platón dieron a conocer sus ideas filosóficas y se hablaron por primera vez de conceptos “novedosos” como el de la democracia.

No hay que olvidar también la influencia de Atenas en los deportes. El Estadio Panathinaikó fue sede de los primeros Juegos Olímpicos Modernos de 1896, con su impresionante mármol blanco y perfecta simetría. Y pensar que 108 años después (Atenas 2004), aquí mismo se realizó la competencia del tiro con arco y atletismo.

Avanzamos en el tiempo hasta la Guerra de Independencia, tras el dominio bizantino y otomano, y nos encontramos con la trilogía de edificios neoclásicos de fines del siglo 19: la Academia de Atenas (1887), el centro de investigación a cuyas puertas está una escultura de Platón; la Biblioteca Nacional (1832) y la Universidad de Atenas (1837).

La vida al estilo griego
Pese a ser una ciudad de gran tamaño es un placer caminar por las calles aledañas a las ruinas; hay que caminarlas en cámara lenta y sentarse a disfrutar un souvlaki (plato de pequeñas piezas de carne con verduras), acompañado de ouzo, el licor de anis por excelencia.

Luego nada mejor que caminar por el Jardín Nacional, un oasis verde de exóticas especies, creado originalmente para la reina Amalia de Oldenburg en 1840.

De ahí, basta dejarse llevar por el instinto y aventurarse en las interminables calles que desembocan hasta el mar, para vivir tu propia aventura griega.

Fotografías: Armando Dájer ©